Álfrsaga (Saga de los Elfos)

Estas son las historias más antiguas que los escaldos de los elfos pueden recordar, que han sido compiladas y enseñadas a los escaldos de los hombres, por eso los hijos de Heimdall las conocemos. En la Edad de Oro los dioses vivían en paz y armonía en Iðavöllr, antes de construir la fortaleza de los Æsir para defenderse de la amenaza de los jotnar, cuando todavía el Miðgarð estaba despoblado. Fue la llegada de tres doncellas odiosas procedentes de Jotunheim lo que les hizo ver la necesidad de establecer un recinto seguro para la estirpe divina, la fortaleza de Asgarð. Podemos decir que Miðgarð es como un pueblo, amurallado para protegerse de las amenazas del exterior, y Asgarð el bastión desde donde se rige y la defensa fortificada para resistir en caso de ataque.

Como la época de paz y prosperidad conocida como la Edad de Oro había finalizado, los dioses se reunieron en asamblea y decidieron crear a los elfos. Cuando se creó el Miðgarð la tierra firme había sido creada con la carne de Ymir y, como sucede con cualquier cadáver putrefacto, los gusanos habían empezado a comerse la carne y así se había formado simas y túneles subterráneos. Los dioses no crearon a estos gusanos, pero se dieron cuenta de que habían aparecido y deliberaron que sería bueno darles inteligencia y forma humana para que protegieran la tierra de sus amenazas. Se les llamó los álfr, blancos, porque estaban hechos de luz pura.

De entre ellos el más poderoso era Motsógnir, quien regía sobre todos. Eran seres de una extraordinaria pericia y no tardaron en convertirse en grandes artesanos y mineros, extrayendo los minerales que había bajo la tierra y custodiando así sus joyas y tesoros. Vivían bajo la Tierra, sin que hubieran recibido nunca la luz del Sol, la cual a veces se filtraba por las simas y la temían pues era más brillante que cualquier gema de las que conocían. A imitación de esa luz solar que a veces veían comenzaron a valorar el oro por encima del resto de metales y a codiciarlo. Jörð, a quien luego los Vanir le confiarían la Tierra como su reino, les enseñó el seiðr a los elfos para que pudieran desarrollar mejor sus habilidades y gracias a ello fueron capaces de fabricar las mejores armas y artefactos de los Nueve Mundos. Bajo el mando de Motsógnir los elfos construyeron magníficas fortalezas subterráneas en las profundidades de la Tierra y se multiplicaron.

fortaleza dvergar

Sin embargo, a pesar de la prosperidad, algunos de los elfos, ambicionando esa luz brillante que a veces se colaba por las simas, solicitaron a Motsógnir que les permitiese enviar una expedición para averiguar de dónde procedía y qué era exactamente, pues sólo podían ver un tenue reflejo. Su mundo interior no estaba iluminado por la luz solar, sino por lámparas de lava que, mediante el seiðr y la gran pericia que habían desarrollado como artesanos, habían logrado fabricar. La mayoría de los elfos tenían miedo pues esa luz brillante no se parecía a ninguna otra cosa de las que había bajo la Tierra y se negaban a esa expedición. Tras mucho discutir, Motsógnir consintió que Durinn, el segundo de los elfos en poder, que era quien más le insistía al respecto, marchase con aquellos que quisieran seguirle por su cuenta y riesgo.

Fue entonces cuando Durinn y los más valientes entre los elfos decidieron partir de su país, en las profundidades de la Tierra, en busca de aquella luz. Tras una larga travesía por los túneles llegaron finalmente a una región cavernosa. Ya no estaban en las entrañas de la Tierra, pero aún vivían en cuevas y simas profundas. Esa luz brillante se veía aún como muy lejana, aunque ya se filtraba una tenue claridad. El viaje fue pesaroso y Durinn decidió no continuar y establecerse en esa región que se conoce como Niðavellir, los Campos Oscuros. Esa región es la frontera entre el mundo subterráneo y el mundo exterior, pero aún pertenece al primero. Allí los elfos fundaron pequeños campamentos pero nada comparable a las grandes ciudades de las que procedían, por lo que muchos se desanimaron y quisieron regresar. Otros se empeñaron en permanecer allí y aun los más osados querían seguir avanzando.

Pronto las noticias de que Durinn se había detenido con su clan en aquella región llegaron a Motsógnir y este le envió un mensaje pidiéndole regresar, aludiendo al peligro que podían correr los elfos asentados en aquel lugar desconocido. En el fondo Motsógnir estaba profundamente celoso de Durinn por el valor demostrado al marchar y temía que en aquel lugar el clan de Durinn acabase siendo más poderoso que el suyo, construyendo mayores ciudades, siendo más ricos, aprovechando aquella luz de alguna manera para volverse más fuertes. Durinn, por su parte, se llenó de orgullo y soberbia y no quiso regresar pese a que la región que habitaba era mucho peor que el magnífico mundo subterráneo del que procedían. Las enconadas discusiones de aquellos días hicieron a los elfos tercos y obstinados. Ambos clanes se afanaron en fabricar las mejores armas, en extraer más minerales, en poseer las gemas más hermosas… se volvieron muy codiciosos, pues se envidiaban mutuamente, y la codicia y el orgullo les cegaron.

No obstante, entre los elfos hubo uno que se distanció de toda esta locura. Su nombre era Lófar y tuvo once hijos: Skirfir, Virfir, Skafid, Ai, Alf, Yngvi, Eikinskialdi, Fal, Frosti, Fid y Ginnar. Con su numerosa prole se asentó en un campamento alejado del bullicio de las ciudades élficas de aquellos tiempos. La lengua élfica se había vuelto gutural y profunda, reverberaba en las simas y expresaba el carácter orgulloso y fuerte de quienes la hablaban, pero Lófar empleó su pericia en fabricar instrumentos musicales. Hasta ese momento a ningún elfo se le había ocurrido fabricar un instrumento para crear sonidos pues todo lo que fabricaban tenía una función utilitaria, pero Lófar comprobó que esos sonidos eran armoniosos, no eran como el ruidoso sonido de los taladros o los picos en las minas. Al contrario, eran sonidos agradables de escuchar. Así es que Lófar comenzó a imitar el sonido, cada vez más hermoso, que producían esos sonidos y a hablarles a sus hijos en ese tono melodioso; así es que la lengua élfica que esa familia hablaba comenzó a ser cada vez más bella.

Como Lófar y su familia vivían aislados no se contaminaron de los sombríos pensamientos de los demás elfos, cada vez más codiciosos y materialistas. Al contrario, los hijos de Lófar desarrollaron la música y la hicieron más y más hermosa. Desarrollaron el canto y se dieron cuenta de que la dulzura de sus palabras tenía efectos mágicos, así es como nació el álfgaldr, el canto de los elfos. Debido a que los elfos son inmortales, pasaron largos años cultivando con pericia este nuevo arte del que el resto de elfos nada sabía. Sin embargo había un elfo entre los del clan de Motsógnir que no se dejó corromper en absoluto por las envidias y los celos de sus parientes. Su nombre era Dvalin.

En medio de las envidias entre el clan de Motsógnir y el de Durinn, llegaron noticias de que una familia de elfos se había asentado al margen de ambos clanes y que habían fabricado instrumentos musicales y se dedicaban a cantar en lugar de a extraer minerales y construir grandes fortalezas y artefactos, como el resto de los elfos. Su peculiar modo de vida fue motivo de burla para ambos clanes ¿quiénes eran esos elfos y qué se proponían viviendo de esa manera tan extraña? Sea como fuere, no les prestaron atención. Si no estaban interesados en el oro y los metales preciosos, si no construían fortalezas, si sus únicas herramientas eran esos extraños instrumentos diseñados sólo para producir sonidos… era evidente que no suponían una amenaza para ninguno de los dos clanes, así es que los dejaron estar. Sin embargo Dvalin, al oír esas historias, sospechó que probablemente esos elfos fuesen capaces de conseguir un poder mucho mayor del que sus parientes, tan obcecados en lo material y tan ciegos por la envidia, pudieran sospechar. Así es que decidió ir a visitarlos.

Tras largos años sin escuchar la vieja lengua élfica los hijos de Lófar casi la habían olvidado, así es que les resultó muy extraño volver a escucharla en labios de aquel visitante. Lófar conocía a Dvalin de los viejos tiempos cuando todos los elfos vivían en las imponentes fortalezas bajo el liderazgo de Motsógnir pero no así sus hijos, que ya habían nacido en ese lugar aislado en el que Lófar y su esposa se habían establecido huyendo de las bulliciosas fortalezas élficas. Tras una larga estancia con los hijos de Lófar, Dvalin aprendió el canto que esta familia había desarrollado y que ya había evolucionado hasta ser una hermosa lengua élfica muy diferente a la que hablaba el resto. Dvalin manejaba el seiðr como nadie entre los elfos y se había dedicado a la meditación, a elevar su espíritu durante todos estos años, por lo que no tardó en conectar con estos elfos sin corromper y la maravillosa música que producían consiguió embellecer aún más su alma. Dvalin y los once hijos de Lófar eran los únicos elfos puros que quedaban pero no así Lófar y su esposa, quienes si bien había escapado de la materialista y codiciosa civilización de sus parientes, se habían dejado arrastrar por las envidias y los odios de los primeros momentos y eso aún pesaba en su corazón de vez en cuando.

Dvalin decidió quedarse a vivir con Lófar y su familia y una vez allí comenzó a meditar mientras ellos tocaban sus maravillosos instrumentos, en una paz absoluta. En ese estado de paz y sosiego, Dvalin recordó el viejo sueño de los elfos de encontrar aquella luz brillante que venía del mundo exterior. Aquel sueño que había motivado el viaje de Durinn pero que los elfos, cegados en sus rivalidades y enemistades, concentrados en los agravios de un clan hacia el otro por nimiedades, habían olvidado. Así es que Dvalin decidió armarse de valor y seguir una de las simas por las que a veces esa luz se colaba y esbozaba una tenue claridad. Tras recorrer la sima llegó al mundo exterior y fue la primera vez que un elfo salía del Reino Subterráneo.

Cuando Dvalin alcanzó el mundo exterior quedó maravillado al ver el firmamento. Era de noche, miríadas de estrellas se veían en la bóveda celeste. Las chispas de Muspell que los dioses habían arrojado para iluminar los cielos. Por aquel entonces Miðgarð era sólo un páramo desértico, pero el cielo, majestuoso y radiante, enamoró a aquel noble elfo. De su ensoñación lo sacó una luz brillante que se acercaba hasta él desde los cielos. Cuando estuvo más cerca, vio a un jinete descender de su caballo y dirigirse a él para hablarle:

“Te saludo, Dvalin, el más puro de los elfos. Hay una luz más brillante que todas estas chispas de Muspell que estás contemplando; pero es tan intensa que sólo los elfos puros pueden contemplarla y cuando lo hagan los llenará completamente y los alzará hacia los cielos. Ve y conduce a los elfos completamente puros hacia el exterior, pero sólo a ellos, y veréis el Sol, que os colmará de gloria y ya no tendréis por señor ni a Motsógnir ni a Durinn, sino a mi señor, Freyr, al que llamaréis Señor de los Elfos”.

Dvalin respondió: “Te conozco Skirnir y sé cuán poderoso es tu señor. Ve y dile que marcharé con los elfos puros a su encuentro”. Entonces Skirnir se marchó con un haz brillante por donde había venido.

Dvalin regresó al hogar de Lófar y contó a todos lo que había sucedido. Los hijos de Lófar quisieron partir de inmediato pero Lófar y su esposa sintieron miedo. Ellos habían vivido los días antiguos, cuando Durinn partió, y sintieron el temor de que algo funesto volviese a pasar y perdieran todo lo hermoso que habían construido en aquellos años. Así es que decidieron ir ellos sólo con Dvalin y volver luego a por sus hijos después de ver el Sol, cuando supieran que no había peligro. Los hijos de Lófar lo aceptaron, radiantes de ilusión por contemplar el Sol, pero no sabían que sus padres en el fondo sentían dentro de sí, además del miedo, el ansia de ser los primeros en ver aquella joya brillante; pues aún pensaban que el Sol sería una gema como las que había bajo la Tierra. Aún quedaba un punto de la codicia de sus parientes en el matrimonio, no así en sus hijos ni en Dvalin.

Al día siguiente Dvalin partió con Lófar y su esposa por la sima y llegó al exterior. Los tres quedaron de nuevo maravillados al ver el firmamento y contemplar las estrellas centelleantes. Tan hermosa era la visión del cielo nocturno que los tres decidieron tumbarse en la arena y pasaron horas mirando embelesados la grandeza del cosmos. En aquellos días ya había sido construida la fortaleza de Asgarð y Odín ya había obtenido las runas, pero no así los elfos ni los trolls, por lo que nada sabían, ni aún los más sabios como Dvalin, de las misteriosas corrientes que rigen del cosmos.

Tras largas horas contemplando el cielo estrellado, los tres elfos empezaron a notar una claridad cada vez más intensa. El cielo se despejaba y en el horizonte una tenue luz naranja comenzaba a romper las tinieblas. Los tres elfos empezaron a intuir que algo iba a suceder, tal vez iban a ver por fin esa magnífica gema brillante del exterior. Dvalin sentía dentro de sí un nerviosismo propio de aquel que va a contemplar la luz por primera vez. Eso es lo que ansiaba, luz que disipase las tinieblas. Lófar y su esposa, en cambio, aunque muy tenues y muy disipados tras años de vivir alejados de envidias y codicia material, sintieron como se despertaban en ellos deseos de poder. Una voz interior les decía “cuando contempléis el Sol, seréis más ricos y poderosos que cualquiera de los señores elfos, reinaréis vosotros, vuestro clan dominará a los otros dos”. Trataban de alejar ese pensamiento pero, a medida que el Sol comenzaba a salir, ese pensamiento se hacía más y más intenso.

Finalmente el Sol salió, con toda su majestad. Sus poderosos rallos inundaron a Dvalin, lo colmaron de bienes y el cielo se volvió claro y bañado por su luz. Las chispas de Muspell dejaron de verse y en su lugar de desató una claridad inmensa que nunca jamás habían podido ni siquiera soñar quienes vivían en las entrañas de la Tierra. La luz blanca y pura de la Hermana de Luna rompió las tinieblas y Dvalin, emocionado, colmado de una energía sanadora impregnaba todo su ser, llamó a aquella maravillosa esfera luminosa Álfröðull, gloria de los elfos. A diferencia de los humanos los elfos sí pueden mirar al Sol y no se queman cuando están expuestos a él directamente, por lo que Dvalin se bañó completamente de luz y lo contempló en todo su esplendor, transformándose para siempre.

No obstante, cuando despertó del éxtasis solar, quiso girarse hacia Lófar y su esposa para compartir con ellos su gozo y lo que vio le dejó horrorizado. Los dos elfos se habían petrificado ante la luz solar y la gloriosa luz que a él lo estaba bañando y sanando, estaba carbonizando completamente al matrimonio hasta que finalmente los redujo a cenizas. Desolado, Dvalin recordó las palabras de Skirnir: “ve y conduce a los elfos completamente puros hacia el exterior, pero solo a ellos”. Lófar y su mujer no eran completamente puros, solo sus hijos lo eran. Dvalin sintió un gran pesar y regresó al interior de la sima para contarles a los hijos de Lófar lo que había pasado.

Durante varios días los hijos de Lófar lloraron a sus padres y compusieron canciones tristes. Su tristeza y melancolía, sin embargo, no mermó la belleza de sus composiciones. Al contrario, el réquiem por sus padres fue la canción más hermosa jamás compuesta, capaz de enternecer incluso el corazón del resto de los elfos cuando escucharon en la lejanía los ecos que los hijos de Lófar cantaban. Hasta tal punto que durante unos instantes olvidaron todas sus rivalidades y rencillas y se hizo un gran silencio en todo el Reino Subterráneo. Tanto el clan de Motsógnir como el de Durinn guardaron luto por Lófar y su esposa.

Cuando se supo lo que había pasado el miedo cundió entre todos los elfos pero los más codiciosos decidieron aventurarse al exterior. Aquellos que salían de noche podían regresar y contar las maravillas del firmamento, pero los que tenían la mala fortuna de salir de día se petrificaban con la luz solar. Mientras que los elfos de la luz pueden mirar directamente al Sol y exponerse a él sin miedo, los elfos oscuros se convierten en piedra y quedan carbonizados inmediatamente cuando la luz solar los roza. Los humanos, situados en medio de ambas razas élficas, pueden vivir en el exterior y recibir la luz del Sol; pero no pueden mirarlo directamente y si se exponen demasiado a él sufren quemaduras en su piel que incluso pueden matarlos.

Sumido en un profundo pesar por la muerte de sus amigos, ya que los elfos inmortales aún no conocían la muerte puesto que pese a las rencillas no habían llegado a enfrentarse con las armas; pero aún maravillado por la luz solar, Dvalin entró en una meditación profunda y durante nueve noches enteras colgó del árbol mecido por el viento, herido por el dolor de la muerte de Lófar y su mujer y entregado a Dvalin, él mismo a sí mismo, colgado del árbol del que nadie sabe el origen de sus raíces. No recibió pan ni cuerno de bebida; miró en lo hondo y alzó las runas, gritando las tomó y entonces despertó. Así fue como Dvalin se convirtió en Maestro de las Runas y fue llamado þuler, sabio.

Con el conocimiento que había obtenido Dvalin se sintió reconfortado y comenzó a entender todo aquello que no entendía. Así es que guio a los hijos de Lófar y los doce partieron hacia Joruvéllir, los campos de arena del exterior; pues no había otra cosa en Miðgarð en aquellos tiempos pretéritos. Cuando los hijos de Lófar vieron la luz del Sol quedaron tan maravillados como Dvalin y en efecto reconocieron que era la gloria de los elfos. En ese momento Skirnir descendió de nuevo con su caballo y condujo a Dvalin y los hijos de Lófar hacia un majestuoso país, cercano a las moradas de los dioses, alejado de Miðgarð y también del recinto exterior donde moraban los jotnar, el Jotunheim, y de la morada primitiva de los elfos bajo la Tierra.

elfos en alfarheim

Así los elfos que habían contemplado la luz solar fueron llamados ljosálfr, elfos de la luz, y su morada Ljosálfheim, donde reina Freyr. Allí se encontraron a las hermosas dísir, con quienes tuvieron descendencia. De ellas hay otros relatos, por eso no se hablará de ellas aquí; baste decir que son emanaciones de Freyja. Mientras que aquellos que siguieron viviendo en el Reino Subterráneo fueron llamados svartálfr, elfos negros, y su morada Svartfálheim, pero aquellos que habitaban la región de Niðavellir fueron llamados dökkálfr, elfos oscuros. Los elfos que no habían visto la luz también fueron llamados dvergr, torcidos, pues era precisamente a causa de esa tara espiritual que no podían contemplar la luz solar. Más tarde se les llamó gnomos, porque poseen la gnosis, el conocimiento secreto de la Tierra. Los jotnar, despectivamente, les llamaron enanos, por su poco tamaño en comparación a ellos, y esa palabra nos ha llegado a los hijos de Heimdall, a pesar de que tienen la misma estatura que nosotros.

Cuando los elfos de la luz partieron y llegaron noticias a Svartálfheim de que sus parientes vivían en gloria y bienaventuranza, la envidia se acrecentó aún más entre los dvergar y la enemistad entre ambas razas de elfos se hizo muy grande. Los elfos de la luz se volvieron orgullosos y altivos y se multiplicaron, pero los elfos oscuros llegaron a odiar a sus parientes con gran virulencia. No obstante, había entre los elfos negros uno que no sentía odio hacia los elfos de la luz, sino admiración. Era codicioso y testarudo como todos los de su raza pero había huido de las envidias, los celos y los odios en todas las disputas. Por el contrario, vivía enclaustrado en su fragua y estudiaba incansablemente el seiðr para encantar objetos y hacerlos cada vez mejores. No le importaba cuan ricos fuesen los demás, si le superaban o no. Su competencia era contra sí mismo. Quería ser cada vez mejor artesano, fabricar cada vez mejores herramientas. Nada le importaba si sus vecinos eran más ricos o menos que él. Por eso admiraba a los ljosálfr, porque habían conseguido un poder enorme; pero en su mentalidad, que otro fuese rico o poderoso no impedía que él lo fuese también. Era, de hecho, un modelo a imitar. No sentía, como sus parientes, que la fortuna de uno fuese en detrimento de otro. Este elfo que no conocía la envidia era Dáinn, del clan de Motsógnir.

Antes de su partida, Dáinn había sido un gran amigo de Dvalin, por lo que aunque no sentía envidia ni resentimiento sí sentía una gran nostalgia por su camarada que había partido a Ljosálfheim y hubiese deseado ir en su busca, pero sabía que la luz del Sol lo petrificaría. Sumido en la terrible añoranza por Dvalin, Dáinn trabajó intensamente en la fragua tratando de elaborar algún artefacto que protegiese a los elfos negros del Sol, pero todo resultaba inútil pues no había visto nunca el Sol ni poseía ningún conocimiento sobre lo que había fuera del Reino Subterráneo. Así es que, extenuado por el trabajo, un día cayó sumido en un profundo sueño.

Dáinn durmió durante nueve noches enteras en las que pendió del árbol que mece el viento, herido por la nostalgia de Dvalin y ofrecido a Dáinn, él mismo a sí mismo, colgado del árbol del que nadie sabe el origen de sus raíces. No le dieron pan ni cuerno de bebida, miró en lo hondo y alzó las runas, gritando las ganó y entonces despertó. Con el conocimiento que obtuvo halló la solución para reunirse con su amigo Dvalin y se convirtió en Maestro de las Runas y fue llamado þuler.

mago dvergar

Con la sabiduría que había obtenido, Dáinn inventó los bindrunnes, las runas entrelazadas para proteger los escudos y crear talismanes. De esta forma creó un poderoso talismán que le protegería de la luz solar. Creó también un fabuloso sistema para poder elevarse por los cielos, una máquina con unas hélices adosadas que le permitirían volar y alzarse así hasta Ljosálfheim, al que llamó girocóptero y lo recubrió con las runas protectoras para que la luz solar no lo calcinase. Fabricó así mismo muchas y buenas armas mágicas para Dvalin y los suyos como regalo. Cuando tuvo todo listo emprendió el vuelo en busca de Dvalin.

girocóptero

Dáinn abandonó el Svartálfheim y logró salir al exterior. Aún era de noche y quedó maravillado con el cielo estrellado. Su artilugio volaba a gran velocidad y desde los cielos contempló los desolados campos de arena de la inerte Miðgarð de aquella lejana era. Cuando comenzó a amanecer la luz solar fue absorbida por las runas que había tallado y su máquina quedó envuelta en un manto de sombras que la cubría completamente, repeliendo los rayos del Sol. Como una nube negra surcando el cielo de la mañana, el girocóptero de Dáinn avanzaba rumbo a Ljosálfheim sin que su ocupante percibiera otra cosa que las sombras que lo envolvían, pero con el rumbo bien trazado hacia su destino.

Finalmente Dáinn logró su objetivo y llegó a Ljosálfheim, pero Freyr no consintió que entrase en sus dominios ya que no deja de ser un dvergar, no era un ser puro para entrar en Ljósálfheim y después de todo no había recibido la luz del Sol. No obstante tuvo en cuenta su valor y su ingenio y permitió el encuentro con su viejo amigo Dvalin en un lugar intermedio entre el cielo nocturno y el hogar de los elfos de la luz. Ese lugar donde de vez en cuando vemos el resplandor de la luz élfica, lo que conocemos como la aurora boreal. Allí Dvalin y Dáinn se encontraron y estuvieron muy dichosos de verse. Dáinn entregó sus regalos a Dvalin, armas mágicas y talismanes rúnicos, por lo que fue Dáinn quien entregó las runas a los elfos.

“Amigo has de ser de tu amigo, con regalo a un regalo responde.” Dijo Dvalin al recibir los presentes y luego añadió: “ya que tú has desvelado las runas a mi pueblo, yo iré y grabaré las runas para el tuyo”. Así fue como Dvalin viajó a Svartálfheim y grabó las runas para los dvergar, que dejaron de odiar a sus parientes lejanos y se firmó la paz entre ambas razas élficas. Dvalin había tenido un hijo, Duraþrór; y Dáinn había tenido otro, Duneyrr, que habían heredado su gran conocimiento. Para que la paz fuese más duradera entre ambas razas se acordó que los cuatro adoptarían la forma de ciervos y se establecerían en las ramas del Yggdrasil. Con su giro harían posible las estaciones y de este modo, al trabajar juntas, ambas razas olvidarían sus rencillas. Motsógnir envió a cuatro de sus parientes, Norðri, Suðri, Austri y Vestri a los cuatro puntos cardinales para sujetar el cráneo de Ymir, que forma la bóveda celeste. Ellos enviarían los vientos sobre la Tierra y acudirían a la llamada de cualquiera que quisiera proteger un recinto sagrado, orientando a los náufragos y quienes se perdiesen en el Miðgarð. Con esto, el acuerdo de paz quedaba sellado.

Eones después de esta historia despertaron Ask y Embla y comenzó la historia de los humanos. Baste decir, en lo referente a los elfos, que los humanos aprendieron a fabricar herramientas de los elfos oscuros y aprendieron a hablar y el arte de los elfos de la luz; aunque evidentemente son torpes imitadores de las dos razas élficas en ambas destrezas. No obstante algunos de los elfos de la luz se enamoraron de estas criaturas y se unieron a ellos en ocasiones. El producto entre un elfo inmortal y una humana mortal, o viceversa, son los semielfos: mortales pero que viven largos años y tienen una sensibilidad y agudeza muy superior a la de los humanos, lo cual a veces les lleva a ser incomprendidos y no adaptarse a la sociedad humana. Al morir, los semielfos que se han hecho merecedores de ello, son acogidos en Ljosálfheim y muchas mujeres se convierten en dísir. A veces estos elfos protegen los túmulos funerarios y las dísir los lugares sagrados o a los clanes a quienes pertenecieron en vida, resistiéndose a abandonar del todo el Miðgarð.

Con el tiempo hubo demasiados semielfos y al no adaptarse a la sociedad humana sus parientes mayores les enviaron barcos y los condujeron a una isla en medio de las brumas, inalcanzable para los humanos salvo en circunstancias muy concretas. En esa isla, en la que habitan las hadas y que se conoce por muchos nombres legendarios, los semielfos se cruzaron entre sí y el resultado, después de largos años, fue el surgir de una nueva raza élfica. Durante largos años esta nueva raza élfica vivió feliz en aquella isla bendita pero llegó un momento en el que fueron demasiados y comenzaron los conflictos, por lo que estos elfos se reunieron en asamblea y decidieron que los más jóvenes debían emigrar y buscar una nueva tierra.

barcos élficos

Estos nuevos elfos no eran lo suficientemente puros para vivir en Ljosálfheim, pero tampoco aguantarían vivir en medio de los ruidosos humanos, a los que aventajaban en casi todo. Así es que Viðarr, Señor del Bosque, los acogió a su servicio y les permitió vivir en su morada y así estos elfos, que son llamados skógrálfr, elfos de los bosques, protegen a las criaturas que en ellos habitan y viven en la paz y tranquilidad de la foresta. Son habilísimos arqueros y les encanta cantar y contar historias, pero rechazan las ciudades y la agricultura como “corrupciones humanas”.

elfos del bosque 2

Aquí concluye la Saga de los Elfos. Salud al que la diga, salud al que la sepa. Aproveche al que la use, salud a quien la oiga.

regnum hispaniae (logo)

Copyright © Regnum Hispaniae

La Historia de España Sin Complejos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s