Derivado de la crisis identitaria que sufre España desde hace, por lo menos, doscientos años; existe un debate historiográfico sobre el Medievo en la península Ibérica que tiene más que ver con cuestiones ideológicas que con las meramente históricas. Esto se debe, naturalmente, a que durante esa época se produce la génesis de la nación española. No en el sentido de nación moderna, ya que las naciones modernas en el sentido cívico-liberal son un producto del siglo XIX, sino en el sentido que históricamente tenían las naciones antes de la Modernidad. En este sentido, el proceso en España no será diferente del que se lleva a cabo en el resto de Europa occidental. La singularidad de España con respecto a Francia, Italia o Inglaterra es que el proceso de etnogénesis de la nación española está marcado por la interacción en suelo ibérico de tres religiones: el cristianismo, el judaísmo y el islam. Esto ha derivado en toda una serie de imprecisiones a la hora de hablar de «la España de las tres culturas» o «la España musulmana» para referirse a al-Ándalus, tratando de integrar (o no) los elementos judíos e islámicos en una España concebida esencialmente como cristiana.
De una parte tenemos la visión de la «España de las tres culturas» que considera que España es el resultado de una fusión entre los elementos cristiano, judío e islámico a lo largo de los siglos medievales. Esa es una visión romántica propia del siglo XIX que trataba de remarcar una peculiaridad de España frente al resto de Europa, muy en consonancia con los movimientos nacionalistas de la época, exagerando las diferencias. El arte neomudéjar, el flamenco y todos los elementos que los viajeros románticos extranjeros vieron como «exóticos» en la España decimonónica, fueron potenciados por ese «nacionalismo cañí» de tiempos de Isabel II, cuando España ya había perdido su protagonismo en el mundo y era una potencia de segunda fila. Por otro lado tenemos la visión esencialista católica de España que considera que todos los elementos islámicos y judíos son algo completamente ajeno a nosotros. Derivado de la visión romántica de «las tres culturas», está la visión maurófila del nacionalismo andaluz, que asocia estos elementos «exóticos» solo a la región andaluza, precisamente para diferenciarla del resto del país, que se identifica con la visión esencialista nacional-católica y precisamente se contrapone a esta para exagerar las diferencias de Andalucía como base para un separatismo. Dado que este no es un tema menor, me parece necesario dar una respuesta a qué cosa fue el Medievo en la península Ibérica, qué es España y qué papel juega lo islámico y lo judío en su construcción nacional y en su identidad posterior.
Podríamos decir que en el solar ibérico confluyen dos proyectos antagónicos: España, de raíz celtíbera romanizada y germanizada, perteneciente a la civilización occidental (o a la cristiandad latina en términos de la época), resultado del proyecto teológico-político de la monarquía gótica en el siglo VI y aglutinada bajo la unidad católica del III Concilio de Toledo, que se fragmenta en el 711 por la invasión islámica y que se forma en el largo proceso de la Reconquista precisamente por la idea de reunificación y restauración del reino godo; y al-Ándalus, producto de la civilización islámica, pero en cuyo proceso histórico, como veremos, se produce una ruptura política con el centro de dicha civilización, lo que lleva a que se desarrolle como una suerte de síntesis entre oriente y occidente, con una fuerte impronta hispana.
Sefarad
En primer lugar, nos detendremos en el elemento judío. Como ya desarrollé en El Cristianismo en España: del Concilio de Elvira al Palmar de Troya, la composición religiosa de la península Ibérica en el siglo VI dista mucho de esa imagen monolítica que se suele tener y si la unidad católica ayudó a aglutinar la nación española, España como patria es precedente a dicha unidad. Los judíos serían, por lo tanto, un grupo religioso entre tantos de los que integraban el solar hispano antes del ascenso al trono de Recaredo. Las comunidades judías a lo largo del Imperio romano normalmente se habían formado por la Diáspora tras las Guerras Judías de los siglos I y II, siendo un pequeño núcleo de origen hebreo el que aglutinaba a la población nativa del lugar (iberorromanos en nuestro caso) en torno a la sinagoga. Los judíos en la Edad Media, por lo tanto y en contra de la visión romántica del siglo XIX, no eran una raza diferente a la población del lugar en el que se asentaban (de ahí que necesitasen distintivos en la Baja Edad Media, cuando comienzan a ser perseguidos, pues eran indistinguibles físicamente del resto de la población).
Los judíos sefardíes, en consecuencia, no constituían un grupo étnico/racial diferente del resto de la población ibérica, eran sencillamente españoles de otra religión que no se integraron en la unidad católica del 589, pasando a ser un «cuerpo extraño» dentro de la España visigoda primero y de los reinos hispanos después. Desarrollaron pues una cultura propia en las juderías marcada por una lengua litúrgica distinta del latín (el hebreo) que nadie hablaba de manera cotidiana, pero que era la lengua de los sabios de la comunidad. Sefarad no significa otra cosa que España en hebreo y no fueron llamados sefardíes (es decir, españoles) hasta su expulsión en el siglo XV. Fueron llamados así por los judíos de los países a los que iban, no por ellos mismos, que hasta tiempos recientes no adoptaron esa etiqueta. El ladino que siguen hablando, más de quinientos años después, no es otra cosa que el español del siglo XV. La propia palabra ladino procede de la expresión fazer en latino que junto con fazer en espanyol era utilizada por los judíos españoles para traducir los textos hebraicos a la lengua común. Así pues, los sefardíes fueron, en todo caso, una minoría dentro de los reinos hispanos (cristianos o musulmanes) pero nunca constituyeron un proyecto propio. Nunca hubo una intención de crear una «España judía» ni nada parecido. Lucena, «la perla de Sefarad» sería lo más parecido a una «capital judía» de España. Los judíos españoles, en todo caso, desarrollaron su propio tipo de judaísmo, como los cristianos tuvieron el mozarabismo o los musulmanes el muladismo. Ese tipo de judaísmo, el «rito castellano», aún es reconocido hoy dentro de la comunidad judía.

Al-Ándalus
Sobre al-Ándalus, la mal llamada «España musulmana» hay que decir que no era España (como sostienen los de la teoría de «las tres culturas» en armonía)… pero tampoco algo completamente ajeno a España que no tenga nada que ver con nosotros (como sostienen los esencialistas nacional-católicos). En el Mediterráneo medieval el espacio cultural del Imperio romano quedó dividido en tres civilizaciones: la cristiandad latina, el Imperio romano de Oriente (de fe ortodoxa y lengua griega) y el islam (de raíz árabe). Al-Ándalus fue un producto de la civilización islámica y pertenece a esta. No obstante, desde el año 756 se convierte en un Estado independiente del Califato de Bagdad y sufre una fuerte hispanización ya que aunque la clase dirigente era árabe, el grueso de la población (incluyendo los principales intelectuales) son muladíes, hispano-visigodos conversos al islam que adoptan la lengua árabe como lengua culta y cortesana.
Desde ese momento el Emirato de Córdoba será un reino hispano más tratando de obtener la hegemonía en la península, pero de religión musulmana y lengua árabe. Desarrolló un islam muladí alejado de la ortodoxia y una cultura muy particular a medio camino entre Europa y el islam. El Califato proclamado en el 929 tendrá más de la idea de imperium que los visigodos habían heredado de los romanos y con la que habían vertebrado el reino toledano (la idea imperial española, que ya desarrollé aquí), que de la idea teológica de la Umma. Abderramán III intentó algo parecido a lo que luego intentarían Sancho III el Mayor de Navarra o Alfonso VII de León: imperar en toda España y ser rey de las tres religiones. Así pues el Califato Omeya de Occidente, como después harían los turcos otomanos tras conquistar Constantinopla, bebe más de la idea imperial romana que de la idea religiosa islámica a la hora de estructurar el Estado y, en cierta medida, fue un antecedente de la idea imperial española del siglo XVI.

Por otro lado, hay que diferenciar los periodos del Emirato, el Califato y las taifas, productos de la civilización islámica pero fuertemente hispanizados; de los imperios almorávide y almohade, en los que los andalusíes estuvieron sometidos. El periodo de los reinos de taifas es algo fascinante y desgraciadamente poco conocido de nuestra historia. Se parece, pero con unos cuantos siglos de antelación, al Renacimiento italiano, con ese mosaico de reinos, principados, repúblicas marítimas… y además del elemento árabe, bereber e hispano-muladí, tenemos incluso una fuerte presencia del elemento eslavo, pocas veces asociado a la Edad Media peninsular pero que, aunque minoritario, existió. Fue una época de decadencia política andalusí, pero de fuerte ebullición cultural y precisamente fue la época en la que lo islámico y lo hispánico más se hibridaron, que las relaciones entre los reinos cristianos y las taifas fueron más fluidas y variadas y que podemos hablar propiamente dicho de una civilización islámica hispana frente al islam norteafricano, precisamente representado por almorávides y almohades. Tanto es así que los andalusíes, en muchos casos, se sentirán más cerca de sus hermanos de sangre del norte que de sus hermanos en la fe del sur. En esa época surge el caballero español por antonomasia: Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador; no muy diferente en términos históricos de un condotiero italiano de los siglos posteriores.
Reconquista
Esta visión histórica sobre lo que fue al-Ándalus, alejada de la decimonónica propia del exotismo romántico, nos da las claves para entender su papel dentro de la historia de España. La impronta del islam en España va más allá de un mero intercambio cultural durante la Reconquista (término historiográfico que también es del siglo XIX y que, torticeramente, ha sido cuestionado después pese a que refleja perfectamente lo que sucedió en aquellos siglos). El elemento mudéjar y morisco en los reinos hispanos cristianos tuvo una fuerte importancia cultural e incluso política que se alarga hasta el siglo XVII e incluso se proyecta después de la expulsión del 1609. Pero si estos elementos fueron integrados en España fue en la medida en que estaban hispanizados y en tanto que España fue restaurada en 1492. Esta es la clave para entender todo este asunto. España es el proyecto que finalmente triunfa, no al-Ándalus.
Del mismo modo que al-Ándalus se desgaja del resto de la civilización islámica en el plano político y actúa como un gozne entre el mundo musulmán y Europa (un papel similar al que luego ha tenido, por ejemplo, Turquía) y fruto de ello lleva a cabo una fuerte hispanización; España podrá integrar aquellos elementos de la cultura islámica que de algún modo parten de una raíz común o son compatibles con su propia esencia (como la mística sufí, antecedente de la mística cristiana de Santa Teresa, los aportes en la gastronomía, los arabismos en el idioma o la arquitectura mudéjar, por ejemplo) pero lo hará porque, previamente, se ha afirmado a sí misma con la Restauratio Hispaniae. Dicho de otra manera, si España no se hubiera restaurado, si la Reconquista no se hubiera llevado a cabo, el núcleo irradiador que vertebra y unifica la península entorno a la idea gótica de patria hispana, jamás habría tenido la capacidad de crear el Imperio y, por lo tanto, de integrar dentro de sí elementos de otras culturas (no solo la andalusí peninsular, sino la amerindia precolombina u otras). El resultado de una «confrontación ibérica» que hubiera acabado en tablas hubiera sido que la península Ibérica sería hoy algo parecido a los Balcanes. El resultado del triunfo islámico, de una «unificación andalusí», habría sido que sería algo parecido a una «Turquía de Occidente». Hipótesis que dan para escribir ucronías, pero la realidad histórica es que la Reconquista como empresa común aglutinó a la nación española y la proyección de esta y su desbordamiento por el mundo dio como resultado el Siglo de Oro. Es en este triunfo de España y su proyección imperial y no en la negación de esta empresa, que los elementos asimilados hispanomusulmanes o hispanojudíos pueden tener cabida. De este modo se concilia esa encrucijada histórica que fue el Medievo ibérico: por la afirmación y el triunfo de España y no por su cuestionamiento.

