La Idea Española de Imperio

Introducción

El término Imperio español, normalmente utilizado para referirse a la España del Siglo de Oro, es un concepto historiográfico. Se usa de manera indistinta con el de Monarquía Hispánica pero el término que se usaba en los siglos XVI y XVII (y hasta el siglo XIX) era el de Monarquía Española o Monarquía de España, para hacer referencia no sólo al dominio peninsular de los reyes españoles sino también al ultramarino así como, de manera más característica, el de Monarquía Católica. Es un periodo además cronológicamente inexacto. Se podría decir que el Imperio español dura desde 1492 hasta 1898 (la presencia española en América). No obstante, si tomamos como referencia la Monarquía Católica, podemos decir que esta iría desde 1496 (cuando el papa Alejandro VI otorga el título de Reyes Católicos a Fernando e Isabel en la bula Si convenit) hasta 1931 (cuando la Monarquía Católica es abolida, siendo la actual una monarquía instaurada «bajo los principios del Movimiento Nacional» y no habiendo utilizado ni Juan Carlos I ni Felipe VI el tratamiento de rey católico).

Aunque desde el punto de vista formal España no tuvo un emperador en aquellos siglos de esplendor, la idea de imperio sí estaba fuertemente enraizada desde la Edad Media. Una idea de imperio que presenta una singularidad frente a otros. Si los imperios de la Antigüedad son pretendidamente universales y el concepto contemporáneo de imperio, referido a los imperios coloniales, hace referencia fundamentalmente al dominio de un pueblo sobre otros; la idea española de imperio es, como veremos, eminentemente nacional.

Romanidad e Hispanidad

Dado que la idea española de imperio surge en la Edad Media, es pertinente compararla con los dos grandes imperios cristianos del momento: el Sacro Imperio Romano-Germánico y el Imperio bizantino. El Imperio islámico, tercer agente del Mediterráneo medieval, también sería comparable en algunas cosas pero, a diferencia de los otros dos, dicho imperio no se consideraba heredero de Roma (como sí que se considerará el Imperio otomano posterior) sino que se fundamenta en la revelación coránica. Tanto el de Sacro Imperio Romano-Germánico, como el de Imperio bizantino, como el de Imperio islámico son conceptos historiográficos. Nunca se usaron por parte de sus contemporáneos. El Imperio islámico era la Umma (comunidad de creyentes), regida por el Sucesor del Enviado de Dios (jalīfa rasūl Allāh, Califa). Nos centraremos en los otros dos, que sí se consideran herederos de Roma, para comparar su concepción imperial con la española, que luego confluirá con ambas más adelante.

                En el Occidente cristiano, o la cristiandad latina si preferimos llamarla así, existían dos poderes universales: el Papado y el Imperio. Se trata de instituciones prenacionales y supranacionales que no deben estudiarse como si se tratara de Estados-nación modernos, porque nunca lo fueron ni pretendieron serlo. En el Oriente cristiano, pervive el Imperio romano y la concepción clásica del Estado hasta su caída en 1453. Como hemos referido antes, ni el término de «Sacro Imperio Romano-Germánico» ni el de «Imperio bizantino» fueron usados nunca en la Edad Media. Dado que no es objeto de este artículo analizar dichos imperios, sino comparar su concepción con la idea española de imperio, simplemente repasaremos de forma somera cómo se llegó al término historiográfico por el que hoy se les conoce.

                El término bizantino fue usado por primera vez por el alemán Hieronymus Wolf en el siglo XVI. Precisamente al llamarlo «bizantino» lo despoja de su romanidad, siendo así el Sacro Imperio el único verdaderamente «romano». Lo cierto es que los emperadores de Constantinopla siempre se consideraron así mismos Imperator Romanorum (Emperador de los Romanos), sucesores de Augusto, de Constantino y de todos los emperadores romanos ya que Constantinopla era la Nueva Roma. El uso de la lengua griega y su marcado helenismo no era, en todo caso, una novedad. La parte oriental del Imperio romano siempre habló griego. Pasar del título de augusto al de basileus no significaba, en modo alguno, que el emperador de oriente no se considerara romano. Tanto es así que cuando en el siglo XX los turcos deportan a la población griega de Anatolia a Grecia, los griegos que vivían allí se consideraban romaion a sí mismos. Es decir, hablaban griego pero eran romanos, ya que «romano», desde hacía mucho tiempo, no significaba «oriundo de Roma».

Así mismo, cuando Carlomagno es coronado en el año 800, es coronado como Imperator Romanorum, Emperador de los Romanos. Lo cual naturalmente no fue aceptado en Constantinopla pues se entendía que usurpaba su título imperial y de hecho sólo fue posible porque en el Imperio bizantino reinaba una mujer y de manera un tanto cuestionable desde el punto de vista jurídico. En el siglo IX no se entendía que se había creado una nueva entidad política, sino que el rey de los francos era emperador… del Imperio romano de Occidente, el de siempre.

Hablar de la «caída de Roma» en el 476 también es, en mi opinión, una cuestión historiográfica más que real. Roma no «cayó» en el imaginario colectivo altomedieval y es más bien un momento simbólico que se eligió en el Renacimiento con una clara carga ideológica para justificar, precisamente, que la Antigüedad había tocado a su fin con la llegada de los bárbaros, que habían comenzado los «siglos oscuros» y que era el momento de «renacer» tras la «Edad Media». Tanto Edad Media como Renacimiento son en realidad términos historiográficos e ideológicos. Lo que había sucedido en el 476 es que Odoacro, rey los hérulos, envió las insignias imperiales a Constantinopla y se proclamó rex Italiae en nombre del emperador, como un magistrado más. Esto era común en todos los reinos germánicos occidentales (ahora hablaremos de la importancia que esto tiene en el caso español), así como el rey de los francos era cónsul de la Galia, por ejemplo. En teoría todos ejercían su dominio (imperium) en nombre de Roma. Los reyes germánicos tenían la potestas pero la auctoritas seguía en manos del Emperador de los Romanos. Retengamos esta idea, pues será de capital importancia para entender la política medieval. Sea como fuere, que el Imperio romano se dividiera en partes y un mismo emperador las unificara después no era nada nuevo. Llevaba pasando desde la tetrarquía de Diocleciano. En el 395 Teodosio lo había dividido entre sus hijos… y en el 476 se volvía a reunificar. Así es como, probablemente, se entendió la «caída de Roma» en su época.

Esta cuestión nos aclara por qué tanto el Sacro Imperio como el Imperio bizantino se consideraban «el Imperio romano» y no reconocían al otro la misma potestad. En el imaginario colectivo de la Alta Edad Media, romano ya no significaba como en tiempos imperiales «ciudadano de Roma» y mucho menos era una definición étnica como en tiempos de la República romana o anteriores. Romano significaba «miembro de la Iglesia de Roma», es decir, católico romano. Cuando en el siglo XI se produjo el cisma, la Iglesia ortodoxa no es que dejase de ser católica, se considera a sí misma Iglesia católica, apostólica y romana ortodoxa. «Ortodoxa» frente a la Iglesia occidental, que estaba «desviada». El papa, patriarca de Occidente, se había desviado del resto de la Iglesia, cuya cabeza era el emperador debido al cesaropapismo bizantino. Pero la catolicidad y la romanidad, indisolublemente unida a ella en aquellos tiempos, eran reivindicadas por ambas.

Ser cristiano era, en esta época, como ser ciudadano sería hoy. Por lo tanto ser «romano» debe entenderse en este contexto. Ser el Emperador de los Romanos iba más allá de la ciudad de Roma. Ambos imperios pretendían ser el Imperio romano y no reconocían al otro como tal. Así pues al emperador «bizantino», en Alemania se le llamaba «el emperador de Constantinopla» o «el emperador de los griegos»; y al káiser, en Grecia se le llamaba «el rey de los alemanes». Fue Federico Barbarroja el primero que utilizó el término de Sacro Imperio en el siglo XII, en el contexto de la Querella de las Investiduras y las disputas entre el Imperio y el Papado. No sólo era un Imperio terrenal, sino sagrado. Es importante la diferencia pues la idea de imperio como dominio terrenal estaba bastante extendida en la Edad Media (ahora hablaremos el caso de la propia España). Pero el Sacro Imperio iba más allá de un imperio terrenal. Era un Imperio Sagrado (por eso el káiser tenía derecho a nombrar obispos, entre otras cosas). A finales del siglo XIV y en el siglo XV es cuando se le añade la coletilla Sacro Imperio Romano de la Nación Alemana. De ahí procede el término historiográfico, pero en su época se le denominaba Heiliges Römisches Reich Deutscher Nation o Sacrum Romanum Imperium Nationis Germanicæ; en alemán y latín, respectivamente.

Sería muy interesante hablar en otra ocasión de lo singular que es en la historia el Sacro Imperio como entidad político-ideológica, pero ahora nos desviaríamos del tema que nos ocupa. Lo importante, para entender la dinámica que ahora comentaremos, es que la lucha entre el Imperio y el Papado erosionó a ambas instituciones. El Papado se alió con los reyes frente al poder imperial con el principio rex in regno suo est imperator, adoptado por los juristas franceses en el siglo XIII. Pero recordemos que en la Alta Edad Media los reyes eran magistrados en nombre del emperador. Precisamente, el añadirle la coletilla de la nación alemana al Sacro Imperio, ya evidencia su decadencia, pues estaba dejando de ser un poder universal para ser un Imperio alemán. El káiser era ya más el rey de los alemanes que el emperador de los romanos. Con todo y con eso el Sacro Imperio aguanta hasta el 1806, es decir, dura más de mil años si contamos desde la coronación de Carlomagno. La disputa entre el Imperio austro-húngaro y Prusia durante la unificación alemana del siglo XIX será precisamente la disputa entre la concepción de un Imperio alemán o un Imperio plurinacional, como el de los Habsburgo.

¿Pero qué pasa con España? Bien, si la realeza francesa, alemana e italiana dimana del Imperio carolingio, la realeza española tiene un origen anterior. El título imperial en Occidente implicaba que los reyes estaban subordinados al emperador, de ahí la doctrina jurídica para desmentir esto ideada por los juristas franceses y el apoyo papal a los reyes, que derivó en la realeza sagrada, sobre todo en Francia. España, periferia de la cristiandad, tendrá sus propios usos derivados de algo que resulta fundamental. Cuando en el 476 Odoacro envía las insignias imperiales a Constantinopla, los visigodos ya llevaban desde el año 456 ejerciendo el imperium de Roma en Hispania, en virtud del foedus que tenían. Fueron llamados para someter a los vándalos, suevos y alanos y restaurar la autoridad imperial. Por lo que, tras ser depuesto Rómulo Augusto, los reyes visigodos entendieron que ellos eran los legítimos señores de Hispania (así como en buena parte de la Galia) y que, en consecuencia, tenían la legitimidad para fundar un reino en ella.

Tras la batalla de Vouillé en el 507, el carácter hispánico del reino visigodo se acentuó aún más pues sólo le quedaba un pequeño territorio ultra pirenaico, la Galia Narbonense. Desde ese momento los reyes de Toledo comenzaron a imitar el ceremonial bizantino y los usos de la Corte de Constantinopla. Se ungían como reyes y eran coronados en la urbe regia de Toledo por el arzobispo primado. Es decir, 300 años antes de la creación del Sacro Imperio y 800 años antes de la doctrina francesa de rex in regno suo est imperator, legitimadora de la realeza sagrada, los reyes visigodos ya pretendían que su reino fuese análogo en Occidente al Imperio romano de Oriente. En contra de lo que la historiografía nos podría hacer creer, cuando eran arrianos no es (como sucede con la idea de «Iglesia ortodoxa» frente a la «Iglesia católica» que hemos comentado antes) que no se consideraran católicos, sino que consideraban que los verdaderos católicos eran ellos, los católicos unitarios; siendo «arriano» un término despectivo usado por parte de los católicos trinitarios.

Así pues aunque el rex gothorum era en teoría un magistrado supeditado al emperador, ya hay una voluntad manifiesta desde el principio de reclamar para sí la dignidad imperial. Muchos reyes visigodos utilizan el título imperator en las monedas y documentos oficiales. Durante el siglo VI, cuando los visigodos establecen las bases fundamentales de su reino en el III Concilio de Toledo, Justiniano trata de llevar a cabo la Renovatio Imperi y reconquistar Occidente. Derrotará a los ostrogodos en Italia y a los vándalos en África, estableciendo la provincia de Spania en el sureste peninsular. No obstante, fue frenado por los visigodos y en el año 621, Suintila derrota a los bizantinos, enseñoreándose ya sin género de duda de Hispania. Si Leovigildo ya había conseguido ser rex gothorum, sueborum et vandalorum; ahora los reyes visigodos serán rex Hispaniae por derecho propio. Por el imperium que había recibido directamente de Roma y no por delegación de Constantinopla.

Esto implica, naturalmente, que la idea de imperio en España es derivada de la autoridad romana que habían recibido los reyes visigodos, pero eminentemente nacional. Encaminada a la creación de un reino en Hispania. Tanto es así que pese a las muchas guerras civiles entre los godos, su reino fue el único de Occidente que no se dividió en herencias (como sí ocurrió con los francos en la Galia o los anglosajones en Britania). Fue la invasión islámica del 711 lo que provocó la caída del reino visigodo y la atomización de los reinos cristianos, pero todos ellos se consideraban herederos del reino de Toledo. Por este motivo, en la Edad Media, siempre que un rey estuvo en condiciones de hacerlo se proclamó Imperator totius Hispaniae, es decir, Emperador de Toda España. Se entendía así que el monarca en cuestión estaba por encima de los demás reyes hispánicos, que le debían vasallaje. Algunos, más modestamente, usaron el título de rey de los españoles. Sin duda el caso más notorio fue el de Alfonso VII, quien se coronó emperador en la catedral de León en 1135, recibiendo el homenaje de los reyes de Aragón, Navarra y Portugal así como del conde de Barcelona. Vemos pues que la idea española de imperio, en la Edad Media, tiene un carácter nacional. Alude al derecho de un rey a regir sobre toda España, realidad que se reconoce superior y preexistente a los reinos que la conforman.

La Confluencia Hispano-Germánica

Esta idea imperial de España confluirá con la del Sacro Imperio, conjugando la idea nacional con una proyección universal católica. Este proceso comenzó con Alfonso X el Sabio, quien podemos decir que es el gran arquitecto de la España moderna. En el siglo XIII ya es plenamente reconocible la nación española, pues esta se ha ido formando a lo largo de las diferentes repoblaciones de las zonas fronterizas con la llegada de población de toda la península que se mezclaba entre sí y se hacía indistinguible. Las Navas de Tolosa (1212) supusieron el punto de inflexión que consolidó el proceso histórico iniciado desde la fundación del reino de Asturias, siendo la monarquía asturiana heredera directa de la gótica. La idea de «restaurar España» será el impulso ideológico que aglutina a la nación durante los siglos medievales. Cuando se produce la conquista del valle del Guadalquivir, el propio Fernando III en su testamento dice textualmente a su hijo y sucesor:

Señor te dexo de toda la tierra de la mar acá, que los moros del rey Rodrigo de Espanna ganado ovieron; et en tu señorío finca toda: la vna conquerida, la otra tributada.

Alfonso X, con la restauración del Fuero Juzgo de origen visigodo y con sus Siete Partidas, con la Estoria General de España, el Fuero General de España (1255) para regir las ciudades o la creación de la Orden de Santa María de España para proteger los mares, deja muy claro que más allá de ser rey de Castilla y León, su obra trascendía a toda España. Sentir que también tenía Jaime I de Aragón, cuando va a socorrerlo en Murcia contra los insurrectos mudéjares y dice que:

Nos ho fem, la primera cosa, per Deu; la segona, per salvar Espanya; la terça, que Nós e vós haiam tan bon preu e tan gran nom, que per Nós e per vós sia salvada Espanya.

La nación española es, a todas luces, ya reconocible en el siglo XIII. El Rey Sabio la consolidará con su obra jurídica y cultural. Pero no sólo eso. Alfonso X marcará las líneas maestras de la política exterior española desde entonces: el fecho del Allende (expandirse a Ultramar) y el fecho del Imperio (influir en Europa). Es en este segundo apartado cuando la idea imperial española y la idea del Sacro Imperio confluyen. Alfonso X trató sin éxito de ser coronado emperador del Sacro Imperio. Tal fue su obsesión que arruinó en su empeño las arcas de Castilla y finalmente, al morir, pidió que lo enterraran con el sayo con las armas imperiales. Pero, en mi opinión, ese empeño no se debió a un ego desmedido o a codicia personal. Alfonso X pretendía imbricar a España con el Sacro Imperio en una suerte de sinergia en la que los recursos imperiales hubieran ayudado a terminar la Reconquista y así mismo la posición de España hubiera sido un trampolín para extender la cristiandad al norte de África (ese era el allende antes del descubrimiento de América).

Aunque Alfonso X no pudo llevar a cabo su objetivo, este se cumpliría con Carlos V. La Monarquía Universal de Carlos V resultaba, ya en el siglo XVI, como una suerte de nostalgia medieval frente a los pujantes Estados modernos. Los gibelinos habían perdido la partida frente a los güelfos, lo que ayuda a explicar el cisma luterano pues se veía al emperador como un «soldado del papa». El papa, por otro lado, conspiraba incluso con los turcos contra el emperador, convertido definitivamente en un príncipe terrenal y dejando que la corrupción carcomiera por completo la Iglesia. Carlos V tenía mentalidad de caballero medieval, pero su época ya no era la de Alfonso X. No obstante, cumplió su propósito de unir los destinos del Sacro Imperio y de España. Esa influencia mutua fue lo que hizo que el Imperio español adquiriera los tintes universales propios del catolicismo en América, integrando a diferentes pueblos bajo una misma estructura. Pero de acuerdo a la concepción nacional que tenía la idea española de imperio, dicha estructura, sería la estructura de la Monarquía de España (virreinatos, capitanías generales, audiencias…), vertebrada con la religión católica, como el Sacro Imperio… pero con el castellano como lengua de la cultura, en lugar del latín. De hecho, en cierto modo, con el sometimiento de la Inquisición a la Corona y el derecho de presentación de los obispos concedido a los Reyes Católicos (de lo que luego derivó el regio patronato indiano) podemos decir que el Imperio español fue, en cierto sentido, el verdadero triunfo del gibelinismo.

Así pues podemos decir que con Carlos V se produjo esa confluencia entre la idea imperial española y la del Sacro Imperio, pero quizás en una época en la que el mundo había cambiado demasiado para que esa idea pudiera triunfar en Europa. Donde sí triunfo fue en América, un Nuevo Mundo en el que en cierto modo se podía empezar de cero. En este sentido, la idea imperial española nada tenía que ver con la azteca, que se basaba en el mero dominio militar de estos sobre otros pueblos mesoamericanos. Pero de alguna manera las profecías religiosas que en un primer momento asociaron a Hernán Cortés con Quetzalcóatl no dejaron de ser proféticas. Pese a ello, los vínculos de fidelidad de las tribus mesoamericanas con las Corona española suponen una ruptura con los vínculos que las habían unido al Imperio azteca. Donde sí que quizás podríamos ver una continuidad es la zona andina. El Imperio inca, a diferencia del azteca, sí que tenía un fuerte componente sagrado que quizás sería interesante estudiar en profundidad en otra ocasión. No obstante, pudiera ser (lo lanzo al menos como hipótesis) que la población andina sintiese una continuidad entre el vínculo sagrado que les unía al Sapa Inca de Cuzco, con el que ahora tenían hacia el Rey Católico de España, representado en Lima. Algo como lo que sostiene Gonzalo Rodríguez García sobre la Céltica Hispana y la idea imperial romana.

España Heredera Legal de Roma

                Además de esta idea de la confluencia hispano-germánica con Carlos V que convirtió al Imperio español en una suerte de síntesis entre la idea imperial universal del Sacro Imperio y el carácter nacional español, el Imperio español tenía otro elemento que lo lleva a conciliar lo hispánico y lo supranacional en su idea imperial. Tras la caída de Constantinopla en 1453 (esta sí mucho más traumática que la de Roma casi mil años antes) hubo dos Estados que se declararon sucesores del Imperio romano en Oriente (además del Sacro Imperio, que lo seguía siendo pretendidamente en Occidente). Por una parte, el Gran Principado de Moscovia, pues Iván III estaba casado con Sofía Paleóloga, sobrina del último emperador. De esto se deriva que en 1547 su sucesor, Iván IV, se proclamara Zar de todas las Rusias (siendo el título de zar, como el de káiser, derivado de «césar»). Así mismo, el propio sultán otomano se reclamaba a sí mismo como Emperador de los Romanos por derecho de conquista. Argumentaba que al igual que en su día Roma había sido pagana y se había hecho cristiana, fundándose la Nueva Roma (Constantinopla), ahora Roma se había hecho musulmana y la Nueva Roma era la sublime Estambul.

                Frente a estos dos candidatos a la púrpura imperial de Oriente, tenemos un tercero. En 1502 Andrés Paleólogo, heredero legítimo al trono bizantino, cede sus derechos a Fernando el Católico. Se podría decir que de esta manera se ponía fin simbólicamente a la guerra entre godos y bizantinos en el siglo VI. Este traspaso de poderes, de acuerdo al Derecho romano (que es el que regía en el Imperio bizantino, no el Derecho feudal ni ningún «derecho de conquista» que pudieran argumentar los otomanos) es el rey de España quien legítimamente tiene la dignidad imperial. Así pues cuando Carlos I de España fue coronado como Carlos V, fue la primera vez desde la muerte de Teodosio que había un único Emperador de los Romanos, recibiendo la legitimidad de ambas fuentes. De nuevo, como en el caso de Teodosio, Hispania le daba a Roma un César. Ningún monarca, desde entonces, ha tenido esta doble legitimidad.

Conclusión

En conclusión podemos decir que la idea imperial española, durante la Edad Media, fue marcadamente nacional y singular con respecto a la idea imperial romana tradicional, aunque recibiera también de Roma su legitimidad. Una idea imperial anterior a la coronación de Carlomagno y una sacralización de la monarquía anterior a la realeza sagrada francesa. Sin embargo, esta idea española fue confluyendo con la idea imperial romana desde época de Alfonso X y finalmente, de la síntesis de ambas en Carlos V, surge la estructura ideológica y política del Imperio español del Siglo de Oro. Dicha idea, impulsada por la Casa de Habsburgo, fue defendida dentro del Imperio austro-húngaro en el siglo XIX y tras la caída de este, fue uno de los impulsos que tuvo el Movimiento Europeo. Probablemente, la clave de la integración europea esté, en mi opinión, en recuperar esta idea sintética hispano-germánica de imperio y actualizarla para adaptarla a los tiempos actuales.

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