El Cristianismo en España

«España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas. A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea»

Marcelino Menéndez Pelayo

Introducción

            Estas categóricas palabras de Marcelino Menéndez Pelayo con las que abro el artículo sirven muy bien para ilustrar un paradigma que durante mucho tiempo ha marcado la historiografía española y la propia construcción de la identidad nacional: el esencialismo católico. Es decir, la idea de que ser católico es algo consustancial a ser español, que es parte de su esencia y que una cosa no puede separarse de la otra porque la nación española como tal nace al abrigo del catolicismo. De ser cierto, esto implicaría el hecho de que descristianizada España la propia nación deja de tener sentido y se diluye. Una contraposición directa al “España ha dejado de ser católica” que pronunció Manuel Azaña en las Cortes republicanas. Un conflicto en el fondo entre la Tradición y la Modernidad en nuestro país, identificando a la primera con el catolicismo. Pero ¿es esto cierto? ¿Constituye el ser católico un rasgo esencial del ser español?

            Este artículo anticipa un ensayo en el que he estado trabajando, junto con otros proyectos, en los últimos tiempos: El Cristianismo en España. Desde el Concilio de Elvira hasta el Palmar de Troya. En este ensayo, que saldrá publicado próximamente (la pandemia ha retrasado muchas cosas y también es una de las causas por las que no he publicado artículos en esta web en los últimos tiempos) desarrollo ampliamente mi visión del asunto. Pero ya anticipo que desde mi punto de vista el catolicismo, si bien ha marcado profundamente el desarrollo histórico de España, no es un rasgo esencial de la nación. Mi objetivo con este artículo es exponer brevemente aquellos aspectos que se van a desarrollar con más amplitud en el artículo.

Fuentes

Las fuentes para estudiar la historia del cristianismo en España son varias. Las más importantes para conocer la doctrina y mentalidad en cada momento son los textos evangélicos, las actas de los concilios, las encíclicas papales y otros textos pastorales así como los autos de fe de la Inquisición y otros documentos jurídicos en los que se puede deducir cuál era la magnitud de la herejía, el paganismo o la disidencia religiosa y cómo se perseguía. Además de estas fuentes, los textos teológicos nos muestran las controversias doctrinales que hubo en el seno del cristianismo en las diferentes épocas. También hay que tener en cuenta el registro arqueológico para comprender hasta qué punto era relevante el cristianismo en cada momento y su influencia en el arte y la cultura. Finalmente, recurriremos a fuentes secundarias como los ensayos de los estudiosos del cristianismo o del hecho religioso en general.

Espiritualidad Nativa Hispánica

Antes de hablar del cristianismo en España es preciso comentar, al menos someramente, sobre qué sustrato se produjo la cristianización. Desde mi punto de vista, dado que la idea de Patria Hispana como un referente más profundo que la mera geografía o unidad administrativa podemos encontrarla en época visigoda, consideraré como hispánicas las tradiciones espirituales presentes en aquel momento en la Península Ibérica.

En este sentido, podemos diferenciar varias corrientes espirituales. La población indígena de la península, celtas e iberos, tenían un sistema de creencias bastante parecido. En el caso de los pueblos de la Céltica Hispana, caracterizado por el ideal heroico indoeuropeo, con una religión politeísta, patriarcal, solar y celestial. En el caso ibérico, pervive más la influencia preindoeuropea, con un fuerte carácter matriarcal, telúrico y lunar; pero hay una fuerte influencia oriental y norteña en su sistema de creencias. A este sustrato indígena, habría que sumarle los cultos orientales (procedentes de fenicios y cartagineses) antes de la Romanización. Una continuidad en estos cultos orientales, ya en época romana, sería el mitraísmo, los cultos mistéricos o el judaísmo. El propio cristianismo primitivo se puede encuadrar en esta clasificación. La religión grecolatina llega a tierras ibéricas con la colonización griega y se consolida con la Romanización como religión pública, produciéndose un sincretismo. Es sobre esa base sobre la que se produce la cristianización de Hispania.

A esto habría que sumarle la religión germánica introducida por vándalos, suevos y visigodos y las influencias iranias, eslavas y dacias, entre otras, que habían incorporado los visigodos en su largo peregrinaje desde Escandinavia hasta Hispania y que también estaban presentes entre los alanos. Se podría decir, en síntesis, que hasta el III Concilio de Toledo y la construcción del Estado católico por parte de Recaredo, el cristianismo era una religión minoritaria en Hispania. Testimonial en el norte y muy ligada a las ciudades, la civilización y la Romanidad.

Primeras Comunidades Cristianas

Aunque en los primeros tiempos del cristianismo hubo una gran proliferación de herejías y comunidades cristianas bastante diferentes entre sí, a grandes rasgos podemos diferenciar tres grupos dentro del cristianismo primitivo: los judeocristianos, los paulinos y los gnósticos. Me extenderé mucho más sobre esta cuestión en mi ensayo, pero baste por ahora una breve definición de los tres grupos. Los judeocristianos eran, como la palabra indica, judíos. Entendían que Jesús de Nazaret era un profeta reformador del judaísmo y que por lo tanto para ser cristiano había previamente que ser judío. Los paulinos, que son los que se acabarían imponiendo, introducen el componente universalista en la religión cristiana y construyen la concepción teológica de Cristo, al modo de un semidiós clásico, con muchos elementos griegos y en especial platónicos. San Pablo, realmente, será el gran ideólogo del cristianismo y el que extiende esta religión a los gentiles. El tercer grupo, los gnósticos, son una corriente esotérica e iniciática del cristianismo que entienden que la salvación vendrá sólo para unos cuantos elegidos que habían obtenido una sabiduría (gnosis) especial. Para esta tercera corriente, la muerte y resurrección de Cristo tenía sentido porque Jesús obtiene del mundo de los muertos la sabiduría que necesitaba y al resucitar la transmite a unos pocos.

El cristianismo se extendería por las comunidades judías, presentes en todo el Imperio. Esto debe entenderse dentro de la corriente orientalizante que sufre el Imperio romano en el siglo II y de una tendencia hacia el henoteísmo y la monolatría que, con el tiempo, desemboca en el monoteísmo. Cristo sería, en este sentido, un dios solar, asimilable al culto al Sol Invicto o a Helios en estos momentos. Corrientes religiosas que deben entenderse en el contexto del paso del Principado al Dominado en el Imperio, de las formas republicanas romanas a una monarquía teocrática más parecida a los reinos orientales. El siglo III fue una época de caos y confusión en la que el viejo orden se resquebrajaba y nacía uno nuevo. La proliferación de religiones, corrientes espirituales y cultos de todo tipo en medio del caos dio como resultado el establecimiento del Orden Cristiano. Este cambio de paradigma marca el tránsito de la Antigüedad a la Edad Media y se cristaliza con la fundación de una Nueva Roma cristiana: Constantinopla.

Catolicismo Romano

El caos y la proliferación de corrientes espirituales diversas fue un proceso largo y complejo. Fue en el siglo IV cuando se apostó por fijar una versión católica, es decir, universal, del cristianismo; convirtiéndose esta en la oficial del Imperio y persiguiéndose el resto de herejías. Fue un proceso que sucedió en todo el Imperio, pero que tuvo más impacto en Oriente. En el caso de Hispania, la Bética era con diferencia la provincia más romanizada de todas. En ella se celebró el Concilio de Elvira, convocado por el obispo Osio de Córdoba. Aquí podemos establecer el punto de partida del cristianismo hispánico.

En el ensayo desgloso mucho más lo referente a los primeros tiempos del cristianismo en la Hispania romana, pero basten por ahora algunos apuntes. Tarraco era el principal centro del poder romano en Hispania y también estará en esta ciudad una de las comunidades cristianas más antiguas, fundada según la tradición por el mismo San Pablo. Por esta razón los obispos de Tarragona, hasta hoy, ostentan el título de Primados de España (título que después asumirían también sus homólogos de Braga y Toledo).

Es en esta época en la que se establecen la mayoría de leyendas fundacionales del cristianismo en España, tales como la aparición de la Virgen María en una columna de jaspe en Cesaraugusta (la Virgen del Pilar) o la predicación del apóstol Santiago el Mayor, patrón de las Españas, y de sus compañeros, que luego fueron obispos de las principales diócesis. Pese a estas leyendas, lo más probable es que el cristianismo en Hispania penetrase en el año 74 cuando Vespasiano estableció la Legio VII Geminia en lo que hoy es la ciudad de León, pues estos legionarios tenían contacto con las primeras comunidades cristianas del norte de África.

Hasta el Edicto de Milán del 313 y posteriormente el Edicto de Tesalónica del 380, que convirtió el cristianismo católico en la religión oficial del Estado romano, esta religión era considerada un culto subversivo que ponía en peligro la pax romana y por lo tanto perseguido. Es la época de los mártires, las catacumbas y de las persecuciones. En tierra hispana, como en el resto del Imperio, hubo disputas entre los cristianos y los seguidores de la vetus religio, así como entre las diferentes herejías del cristianismo. La mayor de estas disputas fue entre los trinitarios y los unitarios, siendo los primeros mayoritarios en Hispania y en Occidente en general. Los unitarios fueron derrotados en el Concilio de Nicea, cuando se declaró hereje a Arrio. Esto marca una cuestión que después será bastante relevante: la población hispanorromana será mayoritariamente seguidora del catolicismo trinitario, mientras que los pueblos germanos, en aquel momento en la zona oriental del Imperio, serán mayoritariamente arrianos cuando se convierten al cristianismo. En las zonas rurales de Hispania, más bárbaras, la población seguirá siendo mayoritariamente pagana.

Priscilianismo

Así como hubo figuras hispanas destacadas en los primeros tiempos del catolicismo que resultaron vitales para su consolidación, como el obispo Osio de Córdoba o el mismo emperador Teodosio, también tenemos aquí, en los primeros tiempos del cristianismo, la primera prueba palpable de que ser hispano y ser católico no iban de la mano. Se trata del obispo Prisciliano, uno de los primeros heterodoxos españoles que citaría Menéndez Pelayo en su obra. Una de las primeras herejías del cristianismo en Occidente (hasta ese momento la mayoría de movimientos heterodoxos estaban en las comunidades orientales) y quizás el primer “cristianismo hispánico” verdaderamente genuino.

Prisciliano procedía de la Gallaecia, por lo que nos encontramos en una provincia poco romanizada y con una fuerte influencia celta. Podríamos decir que el priscilianismo es un sincretismo entre el cristianismo primitivo de carácter carismático y las creencias druídicas. Una suerte de cristianismo celta como el que posteriormente se implementará en Irlanda, con unas características litúrgicas y organizativas muy diferentes a las del catolicismo romano (y en el caso hispano, también con una sustancial diferencia dogmática). El peso de esta figura fue tal que hay quienes consideran que en la tumba del Apóstol en Santiago de Compostela descansan en realidad los restos de este obispo herético, a medio camino entre el monje y el druida.

Arrianismo – Cristianismo Gótico

A pesar del triunfo del Credo trinitario en Nicea (325), la doctrina arriana siguió teniendo mucho predicamento en Oriente. Uno de esos obispos arrianos fue Eusebio de Nicomedia, quien ordenó obispo a Ulfilas, el apóstol de los godos, que tradujo la Biblia a la lengua gótica (desarrollando el alfabeto ulfiliano) y predicó entre los pueblos germánicos. Esta es la razón por la que muchos pueblos germanos que habían penetrado en la zona oriental adoptaron el cristianismo arriano frente a otros, como los francos, que se convirtieron posteriormente en Occidente y lo hicieron directamente al catolicismo. Este cristianismo gótico, formalmente arriano, tenía sin embargo características propias que lo acercan más al paganismo germánico.

Si en un primer momento los godos se convirtieron al cristianismo arriano para congraciarse con el emperador Valente, una vez dentro del Imperio mantener el arrianismo fue una forma de mantener su identidad étnica frente a la población romana, de fe católica trinitaria. Con esta peculiar visión del cristianismo llegan los godos a Hispania en el siglo V y esta será la religión oficial del Reino visigodo hasta el año 589. Sin entrar en otras cuestiones que desarrollo más en mi ensayo, baste decir que el cristianismo gótico cumplió un papel muy importante de sacralización del linaje. La idea de la realeza sagrada se plasmó en las monarquías medievales de origen germánico y se asoció a la propia estirpe divina de Jesús en las leyendas medievales, como la del Santo Grial. Tras asentarse primero en Tolosa y después en Barcelona y Toledo, los godos empezarán a construir su Estado en base a esta concepción ideológica.

Hemos de tener en cuenta que, así como los Estados modernos se basan en la idea de soberanía nacional, en la Antigüedad era la religión lo que sustentaba el poder político. En este sentido, la unidad religiosa será tan importante en el contexto de la época como pueda serlo hoy la unidad nacional. Las herejías o disidencias religiosas no eran en absoluto una cuestión personal o algo que afectara a las élites intelectuales, sino que la religión era por encima de todo un componente identitario. Así pues, mientras que la élite germánica era arriana, la población hispanorromana era católica y también era católico el emperador Justiniano que en el siglo VI trataba de reconquistar las provincias occidentales. La idea gótica de Patria Hispana era plural desde el punto de vista étnico, pues admitía la existencia de diversas gentes unidas por un mismo rey. Sin embargo, las diferencias religiosas eran mucho más difíciles de tolerar porque socavaban la misma autoridad del Estado.

Otras Herejías

En mi ensayo hago un repaso por otros movimientos heterodoxos que se produjeron en España desde la Alta Edad Media, tras el establecimiento del Estado católico. La existencia de estos heterodoxos no viene sino a confirmar la idea de que la concepción monolítica de una España esencialmente católica no es históricamente cierta. El catolicismo marcará profundamente la identidad nacional española como ahora veremos, pero no es una característica esencial. El esencialismo católico implicaría que la idea de España emana del catolicismo, no siendo posible separarlas, pero lo cierto es que esto no fue así. Dicho de otra manera, España existía antes del catolicismo como superestructura cultural, ideológica y política y es por ello que todos estos movimientos, que rompían con el catolicismo, no lo hacían en absoluto con la idea de España.

Mientras que durante la Baja Edad Media y llegada la Modernidad judíos y musulmanes se consideraban un “cuerpo extraño” dentro de la nación española; estos herejes, a lo sumo, fueron considerados “malos españoles”, pero nunca se negó su españolidad. Eso refuta aún más el esencialismo católico en la identidad española.

III Concilio de Toledo y Unidad Católica

Sin duda el acontecimiento histórico que marca un antes y un después en la historia del cristianismo español es la conversión de Recaredo y la celebración del III Concilio de Toledo en el año 589. Para muchos, en este hecho está el inicio del nacionalcatolicismo defendido durante el franquismo e incluso de la propia nación española, para aquellos que la entienden como esencialmente católica. Como he explicado antes, la idea de Patria Hispana ya existía antes de esta fecha y es un concepto separado de la religión. Pero sin duda alguna, el III Concilio de Toledo, aunque no crea la idea de España, sí que la transforma para siempre.

En dicho concilio se alcanza la unidad católica, el principio legislativo que establece la religión católica como única de los españoles, con exclusión de cualquier otro culto. Será en este momento cuando se produce la definitiva cristianización de España, pues hasta ese punto el cristianismo era un fenómeno casi exclusivamente urbano. Antes del III Concilio de Toledo, de capital importancia para el Reino visigodo, se celebró en el año 572 el II Concilio de Braga, que afectó al Reino suevo. El Reino suevo de la Gallaecia (que comprendía las actuales Galicia, norte de Portugal, Asturias y gran parte de León) estaba aún menos romanizado y menos cristianizado que el visigodo, pero su conversión al catolicismo fue anterior. En cierta media, fue un antecedente de lo que sucedería en tierras visigodas cuando ambos reinos fueron unificados por Leovigildo en el año 586. Recaredo ya era rex gothorum et suevorum, pero a la unidad territorial de su padre añadió la unidad religiosa en la fe católica.

Dependiendo de la época ha habido más o menos tolerancia hacia otras creencias en España, pero desde el año 589 hasta 1978 (con algún breve paréntesis como el de la II República) el catolicismo será la religión del Estado y su legitimación ideológica fundamental. Sin entrar aquí en el contexto de la conversión y las circunstancias políticas que lo hicieron prácticamente inevitable, pues ya me extiendo en ello en el ensayo, base decir que fue vista por muchos godos como una traición del rey a la fe de sus ancestros pero que resultó clave en la génesis de España.

Es en este momento, cuando se alcanza la unidad religiosa, que se suma al a unidad territorial y a la unidad jurídica, que se produce lentamente la fusión entre la gens gothorum y la gens suevorum con la gens romanorum. Es decir, la fusión de los germanos con la población hispanorromana. Es por este motivo, más que por la conversión en sí, por lo que se puede hablar (con muchos matices) de que con Recaredo se produce la génesis del pueblo español. A partir de ese momento la religión católica representó para el Reino visigodo lo mismo que el culto imperial y posteriormente el propio catolicismo habían representado para el Imperio romano. Era la ideología oficial del Estado y el rey, además de ser un caudillo al modo germánico, además de ser un magistrado al modo romano, pasaba a ser también un ungido en el nombre de Dios. Será a partir del III Concilio de Toledo cuando se produzca un fortísimo ascenso del odio hacia los judíos, único “cuerpo extraño” que quedaba en España. Fundamentalmente porque este odio es de origen romano. Aquí tenemos ya el proyecto teológico-político de España pero el proceso de formación de la nación española será largo y se producirá sobre todo en la Baja Edad Media.

Rito Mozárabe vs Rito Romano

A pesar de la conversión al catolicismo, la Iglesia Hispánica siguió teniendo una gran autonomía con respecto a Roma. Su organización era muy parecida a la de las Iglesias autocéfalas de Oriente. Naturalmente la Iglesia de España estaba en comunión con Roma, pero funcionaba de manera autónoma con la celebración de los concilios toledanos. En estos momentos Roma era una ciudad débil y el verdadero liderazgo de la Cristiandad lo tenía el Patriarca de Constantinopla, centro del poder imperial. Esto explica la autonomía no sólo de la Iglesia Hispánica, sino de todas las de Occidente.

Debido a esto, la Iglesia de España había desarrollado su propia liturgia  y su propia manera de funcionar. Esta liturgia, conocida como liturgia visigótica o liturgia hispánica, perduró tras la invasión musulmana del año 711. A partir de esta fecha, tanto los núcleos cristianos del norte como los cristianos de al-Ándalus, llamados mozárabes, mantienen la liturgia visigoda, que empezó a denominarse rito mozárabe. Con la Reforma cluniacense el rito romano se estableció en los núcleos cristianos del norte, pero el rito mozárabe se mantuvo entre las comunidades cristianas de al-Ándalus. Esto provocará un choque cultural entre los cristianos del norte y los mozárabes que tendrá consecuencias a medida que avance la Reconquista.

La España Gótica

La Reconquista de España debe extenderse dentro de la expansión de la Christianitas y del espacio europeo durante la Plena Edad Media. La idea de Cruzada en España, a diferencia del resto de Europa, centrada en la recuperación de Tierra Santa, estará enfocada en combatir a almorávides primero y almohades después y en la Restauratio Hispaniae, lo que posteriormente ha sido llamado la Reconquista por la historiografía. En los reinos hispánicos se daba una circunstancia que no se daba en el resto de Europa, la presencia de musulmanes en el seno mismo de los reinos cristianos. Los mudéjares serán considerados, como los judíos, un “cuerpo extraño” en la sociedad cristiana.

Las suspicacias hacia los mudéjares como posibles agentes al servicio de los musulmanes explicarán que posteriormente, si estos y los judíos se convertían al cristianismo, los recelos no desapareciesen. Cambiaban de fe, pero no de costumbrs. Eso produjo una distinción entre cristianos nuevos y cristianos viejos que no responde a cuestiones religiosas sino étnicas. Desde un punto de vista religioso hacer esta distinción era incluso herético, pues la Iglesia considera iguales a todos los cristianos. El cristianismo hispano bajomedieval, como sucedía en toda Europa en aquel momento de crisis pero de manera más acusada por estas circunstancias y por el contexto de la Reconquista, se volverá más fanático e intolerante.

Es importante entender este contexto para comprender de qué manera se construye el Estado español moderno con la unión de las Coronas de Castilla y Aragón bajo el reinado de Isabel y Fernando. Los reyes de Castilla y Aragón reciben el título de Reyes Católicos por parte del Papa y será precisamente el carácter católico lo que definirá a la Monarquía Hispánica. Se trata de una restauración del Reino visigodo, pero bajo un nuevo paradigma. La Monarquía Hispánica será, por encima de cualquier otra cosa, la Monarquía Católica. La razón de ser del Imperio español será la cristianización y la evangelización de las Indias y la lucha contra la herejía en Europa. Las únicas instituciones comunes del Imperio Español en el siglo XVI eran precisamente la Corona y la Inquisición.

Concilio de Trento y Contrarreforma

En las Guerras de Religión que asolaron Europa en los siglos XVI y XVII y que supusieron la ruptura de la Cristiandad y la división religiosa del continente entre católicos y protestantes, la Casa de Habsburgo (y por lo tanto España) será quien lidere al catolicismo. Este periodo de la historia de España es especialmente denso y estará especialmente marcado por la religión, por lo que en mi ensayo desgloso todas las implicaciones que tiene. Baste decir que el conflicto entre católicos y protestantes, más allá de las cuestiones religiosas y de las cuestiones políticas, sociales y económicas derivadas, fue un enfrentamiento entre dos visiones del mundo. El paradigma de la Tradición se enfrentó al paradigma de la Modernidad, resultando vencedor este último en Westfalia y dando paso a un nuevo orden internacional en Europa en 1648. España abanderó la postura católica durante el Siglo de Oro, siendo la primera potencia mundial y por lo tanto gestándose en torno a este periodo tanto la leyenda negra que sufren todos los imperios a lo largo de la historia, como una leyenda rosa posterior, idealizando el periodo como el máximo esplendor de la cultura española. Ninguna de las dos visiones se ajusta, por supuesto, a la realidad histórica y desde Regnum Hispaniae procuramos eliminar ambos sesgos.

Por destacar brevemente algunas cosas, aparte del hecho de que España convirtió el catolicismo en su política de Estado (marcando tanto las relaciones internacionales como la política interna con la persecución de toda heterodoxia), es el periodo en el que se desarrolla la mística. También se adquieren en este periodo histórico elementos culturales definitorios de la cultura española, asociados al Barroco. Será el caso por ejemplo de la festividad del Corpus Cristi o la Semana Santa tal y como la entendemos actualmente (aunque el origen de la misma es bajomedieval). El culto a la Virgen María y en especial a la Inmaculada Concepción, convertida en patrona de la infantería española tras el milagro de Empel, se desarrollan enormemente en esta época.  El desarrollo de la imaginería fue también una reacción evidente al protestantismo, que condena la adoración a las imágenes. En síntesis, la religiosidad española se transformará profundamente debido al Concilio de Trento y la Contrarreforma, concibiéndose como una reacción a la herejía. El Barroco, producto genuinamente español, será la plasmación artística y cultural de esta reacción católica. Así mismo, la principal “espada de Roma” contra la herejía fue también de origen español: la Compañía de Jesús.

Carlismo

Después de la Guerra de los Ochenta Años triunfa la Modernidad y los Estados nacionales frente a la idea de Imperio católico. ¿Cómo encajaba España en el nuevo orden de la Modernidad? Mientras otros países habían dedicado sus esfuerzos a fortalecer su identidad nacional, España había hecho del catolicismo su identidad. La llegada de la Casa de Borbón, tradicional enemiga de la Casa de Habsburgo, fue el comienzo del afrancesamiento de las élites españolas y de que se produjese el hecho inaudito de que los propios españoles se creyesen su leyenda negra. Había que presentar la España de los Habsburgo como atrasada frente a la nueva España ilustrada de los Borbones.

La Guerra de Sucesión (1700-1714) puede entenderse también como una guerra entre la Tradición y la Modernidad. Tras el triunfo de Felipe V, España comenzaría a forjarse como nación moderna e inevitablemente esto traería consigo la desintegración de su Imperio, pues este partía de una concepción ideológica tradicional. España pagaría muy caro esta entrada abrupta en la Modernidad a lo largo del siglo XIX. Si en el Imperio español las ideas heréticas, antesala del mundo moderno, habían constituido un elemento subversivo; en la Espala moderna será el catolicismo tradicional el elemento disruptivo que dificulte su desarrollo como nación.

La Guerra de Independencia (1808-1814) fue presentada en cierta medida como una Cruzada contra los herejes regicidas, igual que todas las guerras contra la Francia revolucionaria en aquellos años que siguieron a la Revolución. En esta guerra es donde se produce el nacimiento de la nación española en su sentido liberal y la lenta construcción del Estado liberal a lo largo del siglo XIX, que se verá marcada por tres guerras civiles, las Guerras Carlistas.

En cierto sentido, el carlismo fue un movimiento social similar al paganismo. Puede parecer un contrasentido afirmar esto, habida cuenta de que el carlismo fue ante todo un movimiento integrista defensor del Antiguo Régimen, pero desde el punto de vista social y antropológico hay muchas similitudes. Fue un movimiento rural, conservador, tradicionalista y que rechazaba las innovaciones modernas. Tras el triunfo de la Modernidad, la religión será sustituida por las ideologías. En este sentido, los carlistas eran como los paganos recalcitrantes, aferrados a la vieja fe de sus padres y rechazando la doctrina que venía de fuera.

Para los liberales el ser católica era sencillamente una de las características de la nación española, pero la Nación misma (casi deificada) era el ente que legitimaba el orden político. No es casual que en las regiones más conservadoras donde triunfa el carlismo sea posteriormente donde más desafección al Estado español hay y, en consecuencia, aparece un nacionalismo alternativo. Este enfrentamiento entre carlistas e isabelinos será un reflejo del enfrentamiento de la Iglesia con los tiempos modernos. Pío IX condenó el liberalismo, la separación entre la Iglesia y el Estado, la libertad de cultos y otras doctrinas que estaban surgiendo como el comunismo o el socialismo. A pesar de esa identificación absoluta entre la masonería y el liberalismo y la concepción de la masonería como luciferina que hacen los carlistas, lo cierto es que los liberales y la reina Isabel II mantuvieron la unidad católica como base del ordenamiento jurídico.

Sociológicamente la España del siglo XIX era aun profundamente católica, pero al igual que en el resto de Europa el paradigma de la Modernidad ya estaba imponiéndose. El cientifismo y el positivismo se convertirán en la ideología dominante, tratando de aplicar el método científico a todos los campos. Es por eso que el marxismo, que también surge en esta época, se denomina como socialismo científico. Al igual que el cristianismo en su momento se presentó como el triunfo de la luz sobre las tinieblas y la civilización sobre la barbarie, las ideologías de la Modernidad mirarán al cristianismo y a las religiones en general como mera superstición. Con el mismo desprecio que los cristianos del Bajo Imperio Romano miraron a los paganos. El carlismo representará en España una resistencia ultramontana a la Modernidad. Tras su derrota en 1876, quedó de manifiesto que el Antiguo Régimen había sucumbido y no podía ser restaurado.

Rerum Novarum

Al igual que la Cristianización de Europa fue un proceso largo en el que se superpusieron el viejo orden pagano y el nuevo orden cristiano, solapándose y alternándose hasta que finalmente se impuso la nueva fe; con la Modernización de Europa ocurrió algo similar. Se podría establecer un paralelismo entre los dos procesos, lo que podríamos llamar la Cristianización y la Descristianización. Los antecedentes de la Cristianización estuvieron en el henoteísmo, con la primacía del culto solar, y en los cultos mistéricos orientales. Del mismo modo, la Reforma protestante y la Ilustración son los antecedentes de la Descristianización. En este sentido, el siglo XIX es comparable al siglo IV, con avances y retrocesos hasta que se impuso la Modernidad.

En el caso de España esta lucha entre el Antiguo Régimen y la Modernidad se plasmó en las Guerras Carlistas pero incluso los liberales mantuvieron la unidad católica de España. La Constitución de 1869 establecía la libertad de cultos, pero incluso entonces se mantuvo la religión católica como la oficial del Estado. La Monarquía Española, aunque liberal, seguía siendo por encima de todo la Monarquía Católica y aunque venida a menos era una de las monarquías que sustentaba el orden cristiano en Europa. No obstante, en 1876 se restauró de nuevo la unidad católica. En esta ocasión se intentó llegar a un punto de entendimiento entre las posturas maximalistas de carlistas y republicanos. Se derogaba la libertad de cultos, pero se establecía a cambio la tolerancia religiosa.

Aunque libertad de cultos y tolerancia religiosa puedan parecer similares, la diferencia teórica entre ambos conceptos es fundamental. La tolerancia religiosa implica que de manera transitoria y para evitar males mayores, se tolera la práctica de otras religiones hasta que la fe católica pueda imponerse. La libertad de cultos, en cambio, implica que cualquier ciudadano puede profesar la religión que quiera, incluso si es distinta de la religión oficial del Estado. La postura de la Iglesia hasta el Concilio Vaticano II en todo momento fue de anatema para el liberalismo y el socialismo, rechazo a la libertad de cultos y defensa de la confesionalidad del Estado. En esa línea estaba la Constitución española de 1876.

La encíclica Rerum Novarum fue la respuesta de la Iglesia al desafío que sufría y el inicio de la democracia cristiana y la doctrina social de la Iglesia, con la que el Papado pretendía hacer frente al liberalismo y al movimiento obrero respectivamente. La democracia cristiana se plantea como una “tercera vía” entre la derecha liberal y la izquierda revolucionaria, situándose como la opción política centrista. Presentaba un catolicismo social frente al socialismo ateo.

En líneas generales se puede decir que la democracia cristiana en España fue un fracaso. El Partido Conservador se mantuvo en los postulados del liberalismo moderado decimonónico y el Partido Social Popular (PSP), de orientación democratacristiana, siempre fue irrelevante. Tampoco durante la II República la democracia cristiana tuvo un peso demasiado grande, diluida entre las demás fuerzas conservadoras que formaban la CEDA. Lo mismo sucedió en la Transición, cuando quedó incluida dentro de UCD y después dentro del PP. En el aspecto sindical, el jesuita Antonio Vicent fundó los Círculos Católicos, pero nunca tuvieron la relevancia de los sindicatos de clase marxistas. Aunque fue un fracaso a nivel general, la democracia cristiana sí ha tenido una influencia notable en el nacionalismo vasco y catalán.

Persecución a los cristianos y Nacionalcatolicismo

El año 1931 constituye uno de los hitos fundamentales para la historia del cristianismo español y de la propia España. Ese año se produce la definitiva caída de la Monarquía Católica y se rompe por primera vez con la unidad católica de España. El Estado español, por primera vez desde el año 589, no tendrá al catolicismo como religión oficial. Pero no sólo eso, los años de la Segunda República se caracterizaron por un profundo anticlericalismo. La propia Constitución de 1931 ha sido tachada por muchos como anticatólica.

El enfrentamiento abierto entre la República y la Iglesia empieza prácticamente desde el nacimiento del nuevo régimen y fue una de las causas de su fracaso. Durante los años de la Guerra Civil se produjo en la España republicana una persecución religiosa que supera por su magnitud incluso a la Gran Persecución de Diocleciano, siendo la más grande que se ha producido en la historia de España contra los cristianos. A las persecuciones en el bando republicano hay que sumar la persecución a los curas rojos en el bando sublevado. En la zona republicana, sin embargo, la persecución fue más allá de la propia jerarquía eclesiástica y se persiguió la práctica misma de la religión cristiana, incluso la celebración de las fiestas como la Navidad.

Aunque la sublevación de 1936 en un primer momento no pretendía acabar con la República ni con el Estado laico, sino que más bien los conjurados aspiraban a establecer una suerte de Estado corporativo similar al Portugal de Salazar, la deriva de la guerra hizo que esta se plantease como un Cruzada. Entre los sublevados había militares republicanos como Queipo de Llano o incluso masones como Cabanellas, pero el decisivo apoyo de los carlistas en Navarra a las fuerzas del general Mola así como el fracaso en el intento de hacerse con el poder en Madrid hizo que la insurrección cobrase unos tintes religiosos que no había tenido en un primer momento. La consecuencia de esto fue la elaboración de una doctrina para legitimar al nuevo Estado nacido del 18 de julio de 1936: el nacionalcatolicismo.

En nacionalcatolicismo fue una síntesis del ideario falangista y el carlista, pues ambos tenían una concepción esencialista católica de la nación española. Hay que tener en cuenta que las tropas coloniales marroquíes, de religión musulmana, fueron uno de los apoyos decisivos en la sublevación. Por este motivo se permitía la práctica de la religión islámica e incluso la presencia de imanes castrenses en los tabores de regulares. Así mismo se permitía la práctica del judaísmo e incluso se publicaban reportajes en prensa sobre la sinagoga de Madrid. Así es que podemos decir que, a pesar del integrismo de algunos sectores, del puritanismo en la moral (sobre todo sexual) y de la censura eclesiástica, la España del franquismo estaba ya inmersa en un proceso de secularización. Debido a la guerra y al anticlericalismo de la izquierda, se veía a las vírgenes, los cristos y los santos como símbolos nacionales. De ahí viene la costumbre, que aún se mantiene, de colgar la bandera nacional en los balcones durante las procesiones o de interpretar el himno nacional en la salida de los tronos.

Concilio Vaticano II y Concordato de 1979

El mayor cambio que se ha producido en la Iglesia católica desde el Concilio de Trento (tal vez incluso desde el Concilio de Nicea) tuvo lugar con la celebración del II Concilio Vaticano (1962-1965). Naturalmente esto tuvo implicaciones en España que afectaron a todos los aspectos de la vida, dado que la España franquista era un régimen confesionalmente católico y que tenía en la Cruzada de 1936 su legitimación. Se suele decir que la transición dentro de la Iglesia española precedió a (y en cierta medida facilitó) la Transición política de los años 70.

El Concilio Vaticano II se produce en el contexto de los años 60, cuando se está produciendo el colapso de la Modernidad. Los sucesos del mayo francés en 1968 marcan, a mi juicio, el final de la Modernidad y el inicio de un periodo en el que, a falta de otro nombre, hemos denominado Posmodernidad. Una crisis a todos los niveles que sería larga de analizar aquí pero que, naturalmente, afectó al aspecto espiritual también. Fue un intento de puesta al día de la Iglesia que, para los más tradicionalistas, supuso incluso que el papa Juan XXIII cayó en la herejía con su celebración. En el concilio se produce un intento ecuménico de acercarse a las Iglesias protestantes, lo cual llevó a hacer ciertas concesiones que a juicio de muchos supusieron el suicidio de la Iglesia. Tal es el caso de la creación de las conferencias episcopales, que establecían una suerte de “Iglesias nacionales” con una gran autonomía al modo protestante, aunque dependientes de Roma.

Sin entrar en lo que supuso para el conjunto del catolicismo este concilio, lo cierto es que después del mismo se produjo una crisis de vocaciones sacerdotales y el proceso de secularización de Occidente se aceleró. En el caso de España, la encíclica Dignitatis Humanae forzó a reconocer por parte del Estado la libertad de cultos mediante una modificación del Fuero de los Españoles de 1966. Con la Ley de Libertad Religiosa de 1967, la unidad católica quedaba definitivamente rota en España.

De este modo se ha producido una imparable secularización en la sociedad española hasta nuestros días. La Constitución de 1978 establece la aconfesionalidad del Estado, por lo que definitivamente el catolicismo deja de ser la religión oficial y se abandona la postura esencialista por parte de la gran mayoría de los españoles. El Concordato de 1979 se presenta ya como un mero conjunto de acuerdos de colaboración entre el Estado español y la Santa Sede  y cambia radicalmente la relación de España con el Vaticano.

Corrientes Heterodoxas de la Posmodernidad

Podemos afirmar que el II Concilio Vaticano supuso el triunfo definitivo de la Modernidad en el seno de la propia Iglesia. El propio papa Pablo VI dijo, después del concilio, que el humo de Satanás se había colado en el templo de Dios. Tras el final de la dictadura se han producido cambios en España en todos los aspectos, también en el espiritual. La secularización del país es un hecho evidente, como demuestran los datos sobre asistencia a los oficios religiosos. Según el CIS, el 69% de los españoles se declaraba católico en 2018, un 25,4% se declaraba ateo o no creyente y un 4,2% se declaraba creyente de otras religiones. Sin embargo, sólo el 13,9% aseguraba ir a misa los domingos. Si analizamos los datos por edad en el barómetro de 2019, vemos que las cifras se igualan con respecto a los jóvenes entre 18 y 24 años, con un 46% de creyentes y un 46% de no creyentes.

Esta secularización ha traído consigo la crisis espiritual para muchas personas y consecuentemente han aparecido nuevas religiones o caminos espirituales. Ha habido un incremento de las religiones orientales, como el budismo o el hinduismo. Así mismo, debido a la inmigración fundamentalmente, se estima que aproximadamente un 4% de la población de España es musulmana. En la búsqueda de respuestas espirituales tras la caída del mundo moderno, muchos españoles han vuelto a las religiones nativas europeas, conocidas popularmente como paganas. Estos cultos están reconocidos por el Estado español desde el año 2007.

La situación religiosa de la España actual excede el ámbito de mi ensayo y por lo tanto también de este artículo. No obstante, en lo tocante al cristianismo es necesario señalar que desde los años 80 en adelante se ha producido una proliferación de movimientos heterodoxos cristianos, principalmente de carácter evangélico. En el caso del llamado culto gitano, la Iglesia Evangélica de Filadelfia, este tiene un evidente carácter identitario para esta comunidad.

Otra de las corrientes protestantes que ha experimentado un gran crecimiento es el milenarismo, destacando sobre todo los Testigos de Jehová. Otra herejía surgida en el siglo XX en España es la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz,  que llegó a construir una catedral en el Palmar de Troya. Esta última ha sido tachada de secta. Por último podemos considerar dentro de estas corrientes heterodoxas una que más bien habría que calificar de ultraortodoxa, el sedevacantismo. Se trata de una posición teológica minoritaria dentro del tradicionalismo católico que sostiene que el Papa es hereje y por lo tanto no puede ser Papa.

Conclusión

En conclusión, una vez repasada la historia del cristianismo en España desde sus primeras manifestaciones paleocristianas hasta los movimientos heterodoxos postmodernos actuales, podemos afirmar que el cristianismo no es ni ha sido (ni siquiera con el establecimiento de la unidad católica) un factor esencial de la identidad española. El proyecto teológico-político del Estado católico del año 589 y sus derivados posteriores no da origen a España, sino que la idea de Patria Hispana ya existía previamente y, de hecho, se desarrollaron proyectos teológico-políticos alternativos al catolicismo pero igualmente hispánicos y que parten de la idea de Patria Hispana. Por lo tanto, dado que no es que la nación española emane del catolicismo sino que el catolicismo en España se construye sobre la base ya existente de la idea de España, se puede ir contra el catolicismo sin poner en cuestión la españolidad (como de hecho ha sucedido históricamente).

Dicho esto, es innegable que el catolicismo transformó profundamente la identidad española y la idea misma de España. En el III Concilio de Toledo se instaura la unidad religiosa y el catolicismo pasa a ser la ideología que sustenta al Estado. En este sentido, sería comparable a lo que hoy puede ser la democracia liberal. Además España se puso al servicio del ideal imperial católico y el propio Imperio español fue concebido por los Reyes Católicos no como un Imperio al servicio de España sino como un Imperio al servicio de Dios y de la Iglesia.

Después de la derrota en la Guerra de los Ochenta Años el catolicismo y la idea imperial asociada a él dejó de ser el factor aglutinante en España. La idea de unidad nacional no fue capaz de sustituir satisfactoriamente a la de unidad católica y por esta razón no se abandonó la segunda en todo el siglo XIX. Por último, tras el trauma que supuso la caída de la Monarquía Católica en 1931, el fracaso de la República para consolidarse y consolidar la visión liberal progresista de la nación española y tras la Guerra Civil y la dictadura, se ha acelerado el proceso de descristianización de España.

El nacionalcatolicismo fue en cierto sentido un intento fallido de restaurar la Tradición, casi lo podríamos considerar una parodia de aquella, pero el Concilio Vaticano II y los cambios en el seno de la propia Iglesia desarmaron ideológicamente al régimen. Desde este punto de vista podemos decir que existe en la España actual un catolicismo cultural pero que la religión católica no es en modo alguno el sustento ideológico del orden político y social en nuestro país como lo fue en otra época. Por ello y en tanto en cuanto hemos descartado el esencialismo católico para definir qué es ser español, se puede concluir que la pérdida de la fe católica por parte de la población española no implica, en modo alguno, que se diluya la idea nacional.

Notas y Bibliografía

Dado que este artículo pretende ser una aproximación resumida del ensayo que se publicará en breve, la bibliografía empleada para su redacción es esencialmente la misma y aparece detallada en el ensayo junto con las correspondientes notas aclaratorias y las referencias a las fuentes directas utilizadas.

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